Fábula de la cabra y los conejos

Erase una vez una finca, con un verde prado, una enhiesta palmera, árboles de diferentes especies, y flores variadas: rosas, hortensias, hasta humildes florecillas. El hecho es que en esa finca vivían plácidamente dos conejos, macho y hembra. El macho, de color negro y la hembra, de color blanco. La estación del año era propicia para la hierba verde que consumían los dos roedores todos los días y casi a todas horas. Los conejos se habían acostumbrado al deambular de los humanos, quienes se acercaban pacíficamente intentando establecer un cierto diálogo. Al principio huían. Pero enseguida  perdieron el miedo. Pequeños pedacitos de pan eran ofrecidos por una suave mano mientras la otra los iba acariciando. La felicidad animal era máxima.

Un buen día apareció una intrusa en la finca. ¡Una cabra! Los conejos huyeron a la madriguera; las orejas como antenas, los ojos completamente abiertos, el temor en todo el cuerpo. Desde allí comenzaron a hacer pequeñas incursiones para contemplar la cabra más de cerca. “No tiene cara de inteligente”, decía el macho a la hembra; “pues, ¡mira que tú!”, replicaba la hembra al macho.

Pasó el tiempo. De la noche a la mañana se dieron cuenta, no sin una cierta envidia, que le habían fabricado una pequeña choza, solo para ella. Aunque la cadena con la que estaba atada les entristecía. «¡Pobre cabra!», se decían. «¿Seremos capaces de liberarla?». Y así pasaban los días rumiando el modo.

Hasta que, por fin, la hembra blanca tuvo una idea. ¿Por qué no llenar la finca de conejos? El macho negro estuvo de acuerdo. Empezaron a llegar los conejitos. La finca se llenó de animales. Era patente que sobraban animales…

¡Sobra la cabra!, dictaminó el propietario…

Y así fue como la cabra fue donada a quien la iba a dejar vivir con total libertad en su nueva finca. Antes de marcharse, aquella agradeció la estratagema de los conejos padres, con esa mirada tan poco inteligente que devolvía a todos cuantos se la quedaban mirando.

La hierba y las flores iban menguando en el prado a gran velocidad. Llegó el invierno. Los pequeños conejos se refugiaban en la choza de la cabra cuando llovía fuerte. La choza quedó como legado de la cabra.

Un comentario en “Fábula de la cabra y los conejos

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s