Una casa de ensueño

Verdaderamente la vivienda era una maravilla.

Recién terminada de construir, se hallaba aislada del resto de edificaciones con un jardín exterior en la parte delantera. Un camino de losetas irregulares conducía al visitante por medio de un verde césped a la puerta principal, no sin antes ascender por una amplia escalinata, con su correspondiente balaustrada, hasta el rellano de entrada. Unos árboles majestuosos se erguían orgullosos de dar cobijo a una casa tan bonita.

Todo estaba dispuesto para que los primeros inquilinos tomaran posesión del inmueble. Se trataba de una pareja de recién casados. Con frecuencia ella le decía a él que quería tener muchos hijos, a lo que él solía responder: “Cariño, los que Dios quiera”. La falta de espacio no era problema.

El futuro parecía garantizado. Ambos trabajaban en sendas empresas con las que previamente habían pactado un horario flexible que les permitiera conciliar el trabajo con la familia, como condición para incorporarse. Les dijeron que sí a todo lo que pedían. Tanto él como ella eran valiosos en lo suyo y difícilmente sustituibles; además, con los sueldos de ambos podrían mantener un servicio para los trabajos de la casa si fuera necesario.

El momento había llegado. La ilusión era máxima. Al casarse se habían ido a vivir a un piso alquilado, relativamente modesto. Antes de la boda, cada uno vivía en casa de sus padres. No quisieron visitar la nueva vivienda mientras se estaba construyendo, ni siquiera ver fotos ni plano alguno. Confiaban plenamente en el arquitecto con el que les unía una sólida amistad desde la infancia. Querían llegar a su nuevo hábitat con los ojos cerrados y abrirlos de repente, como hacen los niños en el día de Reyes.

Y así lo hicieron.

Lo primero que contemplaron —delante de la puerta de entrada al jardín — fue una villa grande, de ensueño. Un estallido de luz y color golpeaba sus retinas en las que se iban formando las imágenes del conjunto, como si las estuviera plasmando un pintor impresionista. Las flores parecían saludarles, e incluso algunas inclinaban sus corolas en señal de reverencia, ayudadas por una suave brisa. Los majestuosos árboles, en su parte más alta, se balanceaban en un baile de arbórea alegría.

¡La casa iba a ser habitada!

Ella extrajo de su bolso un manojo de llaves, a la antigua usanza. ¡Nada de llaves o tarjetas electrónicas! El placer de abrir o cerrar con una llave grande —las de toda la vida— no era comparable con los artilugios electrónicos actuales. Una vez en el jardín, ella y él lo recorrieron pausadamente, agarrados de la mano, absorbiendo con la vista todo lo que veían. Cuando sus miradas se encontraban, desaparecía el mundo exterior y las pupilas de él se grababan en las de ella en instantes que parecían eternos…

Ya en el pórtico de entrada de la casa una nueva llave abrió las grandes y decoradas puertas mostrando un amplio hall, iluminado por la luz solar que se filtraba por los dibujos de los ventanales. El tejado era a dos aguas y —aparte del sótano con su correspondiente bodega— la casa constaba de planta baja, primera y segunda plantas, y una buhardilla. Una amplia escalinata se abría a izquierda y derecha hacia los pisos superiores. Los demás detalles quedan a la imaginación del lector o lectora para que complete a su gusto el aspecto de la casa en la que iba a vivir la joven pareja.

Pero esa casa no era una casa normal, ni el arquitecto tampoco. Podría decirse que éste no era de este mundo. Los recién casados no lo sabían, pero los ladrillos de la construcción eran… ¡ladrillos pensantes!

El ladrillo más simpático de la fachada delantera de la planta principal no paraba de hacerse preguntas ni de formularlas a sus compañeros más próximos:

—¿Qué hacemos aquí?, ¿quiénes somos?, ¿qué cometido tenemos?

Estas eran las cuestiones de mayor calado que planteaba. Sus vecinos, ladrillos como él, no sabían qué contestar o a lo sumo decían vaguedades. Solo uno de ellos callaba pensativo.

Es verdad que el ladrillo más simpático se sabía un ladrillo, pero… no un simple ladrillo. Él era más, muchísimo más que un simple ladrillo. Era un ladrillo inteligente.

A fuerza de pensar se daba cuenta de que él estaba cumpliendo un papel de cierre de todo el conjunto y también de soporte. Consideraba un poco pesaditos los ladrillos que tenía encima. Entendía además que todos los ladrillos juntos formaban una unidad, que los obreros llamaban pared. Aunque lo que más le intrigaba era qué había dentro, es decir detrás de él, en el interior de la casa.

No tardó mucho en saberlo. La pared era de doble ladrillo. El ladrillo a sus espaldas, el que había estado callado todo el tiempo, le contó lo que veía, al ser interrogado por el ladrillo simpático.

—Una sala amplia, una escalera descendente, puertas, ventanales, una chimenea con dos sillones y, en medio, una mesita con un libro abierto por la mitad.

Ese ladrillo —todo hay que decirlo— era el más sabio de los ladrillos. Como sabía leer, su atención se volcó en lo que estaba escrito en la página de la derecha del libro y empezó a leer en voz alta el párrafo central, olvidándose completamente de su vecino.

“Contando con un tiempo suficiente, es posible aunque muy poco probable que el viento que entra por el tiro de la chimenea de la casa sea capaz de voltear las hojas de este libro de la primera a la última con el mismo ritmo que el que un ser humano normal necesita para leerlo tranquilamente, sin necesidad de que sea él quien pase las páginas”.

Tuvo que leer estas líneas varias veces para entender lo que el autor quería decir con ellas. Cuando se aclaró con su contenido volvió en sí, recordó que conversaba con el ladrillo vecino y prosiguió:

—Este texto —explicó después de hacer una breve pausa— es similar a muchos otros, redactados por algunos científicos que creen de un modo irracional —en mi opinión— que el azar y la evolución explican todo lo que existe, sin necesidad de un Dios Creador.

» Mientras los ladrillos entendemos ser parte de un todo armónico —que está como gritando la necesidad de un diseño previo y de un diseñador que haga realidad lo diseñado—, aquellos parece que imaginan que la vivienda —con toda su belleza, funcionalidad y armonía— ha surgido después de millones y millones de intentos al azar que convergen en la actual casa. Si esto fuera verdad para los materiales, ¿qué tiempo haría falta para que los ladrillos pensáramos y fuéramos auto conscientes?

Y continuaba diciendo con fuerza:

—¡Una eternidad! ¿El pensamiento o la auto conciencia pueden surgir del barro de que está hecho un ladrillo? Evidentemente que no. No se trata de invalidar el papel que juega la evolución, pero sí el que falsamente se atribuye al azar como causa eficiente de todo lo complejo existente. El azar evidentemente es ciego. Hay que tener muchísima más fe para creer en el mix evolución más azar que para creer en un Dios Creador e Inteligente, que ha diseñado y hecho realidad el Universo entero, pudiendo contar con el azar y la evolución.

El ladrillo simpático sonreía, comprobando una vez más la sabiduría de su vecino, mientras éste hablaba y hablaba, y a los demás ladrillos vecinos les iba entrando el sueño hasta quedar profundamente dormidos.

Él y ella —ajenos a todo lo que estaba sucediendo— encendieron la chimenea, se sentaron en los cómodos sillones, descansaron y hablaron entre sí un poco, antes de iniciar una inspección completa de la nueva casa, en espera de la llegada de los enseres indispensables. Las maletas de mano habían quedado en la planta baja. Un ascensor interior, finamente decorado, les esperaba.

Lo último que oyeron ese día los ladrillos charlatanes fue una alabanza al arquitecto.

—¡Qué bien lo ha hecho todo!

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s