El encuentro

Hacía años que no le veía. Cuando contemplaba el mar, en ocasiones, me venía su recuerdo y la pregunta persistente de qué habría sido de él. Y de pronto, lo veo paseando, solo, por la avenida más importante de la ciudad, en dirección hacía mí, ensimismado en su móvil, hablando con no se sabe quién y totalmente ajeno a mi presencia tan cercana.

Porque yo nunca me había sentido lejos de él, aunque la distancia y la incomunicación nos hubieran alejado el uno del otro. Siempre lo había considerado como el mejor amigo de la cuadrilla de verano, en esas edades en las que se sueñan aventuras imposibles, la vida se despliega a todo color y uno vive como una película de fantasía.

Pero la vida es así. Los amigos de infancia se suelen perder. Cada uno a su camino, dirigidos hacia la meta deseada, aunque muchas veces se trate de un objetivo inalcanzable, y el que de hecho se logra vaya llenando otras aspiraciones latentes.

No me lo acababa de creer. Lo tenía a unos pocos metros de mí, sin que él sospechara que alguien (yo mismo) le iba a dar un abrazo que abarcaba esos veranos tan llenos de planes con los que crecimos conjuntamente: la playa, el fútbol, la bicicleta, los juegos de mesa en días lluviosos, las salidas a los montes cercanos…

Él era el líder del grupo. Al final, siempre seguíamos el plan que mejor le parecía de los que proponíamos, con la habilidad de motivarnos a todos como si lo hubiéramos decidido cada uno de nosotros. Notábamos, cuando él no estaba, que el día era distinto; faltaba el aliciente de su creatividad.

En el momento del encuentro —o para ser más precisos— del reencuentro, mi amigo ya había colgado la llamada. Después de apartar la vista del móvil, se me quedó observando unos instantes. En ese lapso de tiempo se dio cuenta enseguida de que quien le estaba mirando le conocía muy bien. Habíamos cambiado de aspecto mucho, pero no tanto.

Mi amigo hizo un pequeño esfuerzo por recordar mi nombre que le salió espontáneo al oírme pronunciar yo el suyo. Nos fundimos en un largo abrazo. La alegría se traslucía en los rostros y en las palabras, intentando hablar a la vez como si todavía fuéramos chiquillos.

Pasadas las primeras emociones, acordamos tomar una cerveza en el bar más cercano. Aprovechó para informarme de que estaba de paso por razones profesionales.

La tarde de un viernes como aquel invitaba a una conversación sin las prisas, o así creía yo. La jornada laboral había impuesto esas tardes festivas tan largamente deseadas. El clima ayudaba. Después de rememorar amigos comunes y situaciones inolvidables, pasamos a contarnos nuestras respectivas vidas.

La de mi amigo de infancia era como la de muchos. Se podría resumir en que había vendido su alma al trabajo: Gozaba de una buena posición, un buen coche, una casa en la ciudad y un chalet veraniego, descuentos para viajar donde quisiera, influencia social; se podría decir que lo tenía todo o casi todo.

En un momento dado de la conversación me confesó que no era feliz; que se sentía inmensamente solo; que los amigos le llenaban las horas, pero no el corazón; que añoraba esa edad en la que disfrutábamos con las cosas más elementales.

—¿No te has planteado formar una familia? —me atreví a preguntar con la confianza de entonces.

Al instante, noté cómo bajaba los ojos, agarraba el vaso de cerveza medio lleno, que estaba encima de la mesa, y me volvió a mirar diciéndome:

—Pero, ¿quién puede querer a un tipo como yo que no es capaz de dejar de trabajar ni siquiera paseando? Cuando me he tropezado contigo en el paseo estaba cerrando un trato telefónico con un cliente, muy ventajoso para mí.

Me callé un par de segundos. Se me ocurrió decir:

—¿Por qué no te planteas la pregunta al revés?: ¿Qué tengo que hacer yo para querer de verdad a alguien y que ese alguien me quiera? Pienso que eso no va a tener solución a no ser que aprendas a entregar tu tiempo, como ese vaso medio vacío que sostienes en tu mano y que espera pacientemente a que lo termines del todo.

—Veo que sigues con tus aficiones poéticas…

Y me eché a reír.

Un comentario en “El encuentro

  1. ¡Muy bueno! Lección de máxima actualidad que muchos no quieren, o no saben, aprender. El ser humano para ganarse tiene que perderse: la vida que no es donación no es vida, al menos no verdadera vida humana.

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