Quiero vivir

Don Rodolfo y don Braulio ya se tutean en privado. En público, sin embargo, mantienen el formal usted que infunde respeto al resto de parroquianos.

Ahora se hallan en el bar del pueblo, tomándose ese aperitivo que no se quieren perder por nada del mundo.

—Don Braulio, igual le ha llegado a usted la onda de que mi tía, la de noventa y cinco, se quiere morir. La última vez que estuve con ella visitándola me dijo que no aguantaba más: viuda y sin hijos; con unos dolores que no la dejan dormir por las noches; además, se siente ser una carga en la residencia… En fin, me dijo que se quería morir.

—Y, ¿qué le contestó usted, don Rodolfo?

En esto llega el dueño que comienza a servirles lo de siempre, parsimoniosamente, como si no quisiera perder hilo de la conversación que está teniendo lugar.

—Pues… «tía, lo que en realidad usted quiere es… vivir, ¿no es así?» ¡No sabe, don Braulio, la cara que me puso! Se me quedó mirando, después de ajustarse un poco las lentes que usa para todo. Y al cabo de unos pocos segundos me confesó en confidencia: «Rodolfito, mi querido sobrino, tienes razón. Yo lo que quiero es vivir, pero acompañada de personas que me quieran de verdad; vivir, sin sentir esos dolores que me despiertan al poco de conciliar el sueño; vivir, como cuando era jovencita y corría, y bailaba, e incluso tocaba el piano».

—¿Y cómo continuó la conversación? —vuelve a intervenir don Braulio, muy interesado por lo que está escuchando.

El dueño del bar ya no sabe qué más hacer para justificar su presencia, de pie con la bandeja vacía.

—¿Querrán unas aceitunitas? —se le ocurre decir, señalando un plato de la mesa vecina en el que habían quedado abandonadas unas pocas aceitunas rellenas. Y sin que ninguno de los dos le haga caso, continúa don Rodolfo dirigiéndose a su amigo:

—Seguí diciendo a mi tía «Yo también querría vivir como cuando tenía esa edad idílica de la que usted recuerda tan a lo vivo. Pero eso lo dejamos para el cielo. Quizá nadie le ha dicho nunca que el cielo empieza ya aquí en la tierra». Al oír estas palabras, se me quedó muy pensativa. Pero, al poco rato me dijo sonriente: «Sobrino, abre el armario. Tengo una caja de bombones, toda para ti. A mí el médico me los tiene prohibidos».

—Y claro —me dice don Braulio, bajando mucho la voz—: seguro que te los habrás comido todos.

Aquí el dueño del bar se pierde este final.

—No exactamente —replica don Rodolfo, casi como en secreto—. Los he guardado para esta ocasión. He traído la caja. Notarás que falta un bombón. ¡Ah!, por cierto: pienso que mi tía ya no se quiere morir. Me lo agradeció con un beso.

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