El emigrante

Al llegar a la playa, el jefe de la expedición había saltado el primero. Parecía que no le importaba nada la pérdida de tanta “mercancía humana”, como sin duda él consideraba a cuantos subían a su patera. Había dado la orden de que nadie se moviera hasta pasada media hora. Prohibido hacer llamadas con los móviles, supuesto que alguien llevara uno consigo. Lo tenía todo planeado. Se fue con el dinero. Los había abandonado.

“No hay nada más triste que ser un emigrante”, se iba diciendo en su lengua nativa quien había bajado el último de la pobre embarcación, en un lugar desconocido de la soñada costa española. Los pocos que sobrevivieron ya se habían desperdigado, buscando un lugar de refugio y quizá de acogida, mientras él amarraba la patera a una estaca que había clavado con fuerza en la arena, siguiendo las órdenes recibidas.

Llevaba consigo la ropa imprescindible. Sin embargo, estaba aterido de frío. Su jersey roto se lo había dado a una joven madre para que protegiera mejor a su bebé durante el paso por el estrecho. Se sentía solo. No sabía qué hacer. Sabía que, si le encontraban, tratarían de identificarlo para devolverlo a su lugar de origen. Tenía que disimular; dar la impresión de que llevaba tiempo en el país; que ya había sido interrogado; que estaba en fase de poner en regla sus papeles. Pero, ¿qué papeles?

Se echó a llorar desconsolado. Tantos esfuerzos para nada. Su corazón latía cada vez más fuerte conforme repasaba mentalmente las terribles primeras horas de la noche. Los gritos de los que pedían auxilio. No sabían nadar. Una gran ola había expulsado a un buen número de ellos lejos de la inestable barquichuela. La negrura lo seguía invadiendo todo.

Decidió caminar por la carretera más cercana. No se veía casa alguna. La arena parecía interminable. No tanto como los desiertos que había conocido, pues no tardó en llegar a un pequeño pueblo. “¿Dónde estoy?”, se preguntaba repetidas veces.

Una sola casa se veía iluminada y hacia ella se dirigió con un principio de esperanza. Al abrir, le preguntaron quién era, de dónde venía. Sin dejarle contestar, se oyó una voz femenina del interior, en un pobre castellano, que decía suplicante a los dueños: “Acogida… acogida… hermano… hermano”. La mujer estaba dando el pecho al niño, que seguía envuelto en el jersey roto.

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