Separación y encuentro

María no podía dormir. El día había sido muy duro para ella. Había presenciado una nueva discusión entre sus padres y adivinaba, por lo fuerte que había sido, que podía ser la última. Tenía miedo. Un miedo que, sin ser del todo consciente de ello, había surgido cuando apenas había llegado al uso de razón. Le inquietaba ver a sus padres algunas veces distantes, con la cara seria, elevando la voz, diciéndose en ocasiones frases que apenas entendía, pero sin dudar hirientes y que acababan en un largo silencio, cada uno metido en sus cosas. Otras veces les veía riendo y felices.

No entendía nada. Ella quería mucho a los dos. A su padre lo tenía idealizado. Admiraba de él su inteligencia, sus rápidas contestaciones, su cultura…; de su madre apreciaba, por encima de todo, las manifestaciones de cariño y las explicaciones prácticas sobre lo que hay que saber en la vida. Con el paso del tiempo —ahora ya había cumplido doce años— notaba que su madre quería estar con ella, no tanto para transmitirle amor sino para desahogarse, buscando en su única hija, consuelo y cariño. Y aunque no le era fácil de creer, también refugio. Pero, refugio… ¿De qué? ¿Cuál era el peligro?…

Pasaban los minutos y seguía sin poder dormir. El reloj daba las once de la noche. Decidió deambular por la planta baja de la casa, en zapatillas y albornoz. De pronto lo vio todo claro: “Papá y mamá se van a separar”. Un escalofrío recorrió toda su espalda y comenzó a tiritar.

Dispuesta a hablar con sus padres, decidió ascender por la escalera que conducía a la habitación, de la que todavía se veía salir luz por las rendijas de la puerta. No se atrevía a llamar. Se acercó lo suficiente para poder oír la conversación:

— ¿Qué va a ser de María?…

— Ella lo entenderá. Ya es mayor.

— ¿Mayor?… Acaba de cumplir doce años.

— Antiguamente a esa edad ya podían casarse las mujeres, o mejor dicho, las casaban.

— ¿No pretenderás casarla ya?

— ¡No desvíes la conversación! Las cuestiones son dos: ¿Quién se va a hacer cargo de la niña? Y, ¿cómo nos vamos a organizar para poder estar con ella por separado?

Una punzada de dolor sintió María en su corazón. Intentó volver a su habitación, completamente aturdida por lo que había escuchado. Se agarró como pudo a la barandilla de la escalera y al instante se le hizo de noche… como si un sueño repentino e imposible de evitar la hundiera en la más profunda irrealidad.

Sus padres oyeron el estrépito, salieron presurosos y vieron a María yacente en la planta baja, al pie de la escalera. Habría sido un tropiezo o un desvanecimiento. No respondía.  Llamaron inmediatamente al teléfono de urgencias mientras trataban de reanimarla. La ambulancia llegó rápida, seguida de un coche de la policía.

Cuando se la estaban llevando en la camilla con mucho cuidado, la policía aprovechó para comenzar el protocolo de interrogatorio en casos semejantes, a unos padres totalmente angustiados y fuera de sí: “¿Qué sucedió? ¿Cuándo fue?, ¿Dónde estaban ustedes? ¿Vive alguien más en la casa?”, etc., etc.

Las respuestas balbucientes iban siendo transcritas en una libreta. Los padres pidieron ir en la ambulancia, pero no se lo permitieron. Sí en cambio les dejaron seguirla, con su propio coche, detrás del vehículo policial.

La llegada al servicio de urgencias del hospital, cargada de angustia, parecía hacerse eterna para los padres, quienes se preguntaban a sí mismos si no habrían tenido ellos la culpa. “¿Habría María escuchado la conversación?”. Todo apuntaba a que se había enterado claramente de su contenido.

Un dolor compartido, pugnaba por salir hacia fuera para consolarse mutuamente; pero el orgullo no dejaba abrir la puerta del propio sentimiento. Sólo unas disimuladas lágrimas podían haber visto el uno del otro si se hubieran mirado.

Ya en el hospital, se quedaron solos en una sala de espera, acompañados por un silencioso reloj de pared y una televisión apagada. Sentados en sillas opuestas, mirando al suelo, cada uno iba pensando en su propia vida que incluía necesariamente la del otro.

“¿Por qué nos ha pasado esto…? ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Seré yo el causante de la separación que reina en el hogar? ¿Siempre tengo yo toda la razón? ¿Por qué grito? ¿Por qué respondo con la frase que sé que va a herir? ¿Qué estoy haciendo, Dios mío? ¿Qué estoy haciendo?”.

El tiempo seguía eternizándose. Las manillas del reloj parecían más lentas de lo normal. Daba la impresión como si alguien estuviera alargando el tiempo, como si ese alguien tratara de dar vida a la propia conciencia. Volvió a hacer acto de presencia la angustia.

La madre no pudo más y dijo en voz alta: “¿Seguirá viva nuestra hija?”. Ese “nuestra” golpeó el corazón del marido que se echó a llorar a lágrima viva. Al principio no se le entendía lo que trataba de decir. Levantó la cabeza y la miró fijamente, mientras que iba repitiendo con la voz entrecortada: “Perdóname… Perdóname…”. Ella le miró y los dos se abrazaron como nunca. La madre repetía sollozando: “Perdóname tú también”.

Una vez la hija totalmente repuesta, la felicidad se instaló en el hogar de María. Las cosas llegaron a ser muy diferentes. Cuando uno de los dos se enfadaba, el más sereno decía algo parecido a esto: “Perdóname, porque pienso que esta vez la culpa es mía”. O, “Te quiero con locura. Soy un poquito desastre, pero no quiero perderte por nada del mundo. Discúlpame”. Y el abrazo estaba garantizado.

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