La lejana cercanía

El título de este relato, con tintes personales, es un ejemplo de oxímoron, esa figura retórica consistente en usar dos conceptos de significado opuesto en una sola expresión. Como el sol de medianoche, o los tan celebrados  de san Juan de la Cruz: la música callada y la soledad sonora.

Un amigo me decía hace unos días: “A Dios no le veo. Lo siento, si acaso, muy lejos”.    Y yo le contesté: “Lo tienes muy cerca. Además, lo puedes ver, si quieres”.

Inmediatamente me preguntó cómo. A lo que respondí: “No se puede mirar al sol directamente. Nos quedaríamos ciegos. Nuestra vista no está preparada para ello. Necesitamos unas gafas especiales con las que podamos verlo sin daño alguno».

Y continué: «El daño que recibiríamos viendo directamente a Dios sería perder nuestra libertad: es tal su Belleza, su atractivo que sería imposible no amarlo, o mejor, no tendríamos mérito alguno al amarlo.

¿Qué merito tiene quien le toca el premio gordo de la lotería sin ni siquiera haberse molestado en adquirir un solo décimo porque otro se lo ha comprado para él?

De todos modos, tenemos un modo infalible de ver a Dios: Jesucristo, el rostro de Dios hecho hombre. Él afirmó de sí mismo: “Quien me ve a mí, ve al Padre”. Se puede creer o no. Pero cuanto más nos metemos en la vida de Jesús de Nazaret crece la convicción de que sus palabras son ciertas y que, efectivamente, Dios es como Él: misericordioso, compasivo, humilde, entregado, bondadoso, y un interminable etcétera de cualidades que habría que elevar a lo más alto posible.

Dios está muy cerca, aunque nos parezca lejano. La lejanía procede de nuestra imaginación; la proximidad, de la verdad de ser criaturas de Dios, quien nos ha puesto en este mundo, nos mantiene en el ser y desea con locura divina nuestra felicidad».

Cierro con un texto recibido por WhatsApp. Reconozco que me ha hecho mucho bien:

“Cuando pedimos perdón a Dios por nuestras faltas y pecados, Él actúa como cuando se hace una buena película para que disfruten de ella los espectadores. Corta con unas tijeras lo que han sido los errores, las escenas que no conviene ser vistas, y empalma cada uno de los trozos de celuloide que gustan al director y que gustarán también a los espectadores. Dios es infinitamente compasivo y misericordioso, y amoroso, y se olvida definitivamente de nuestros errores que ya no figurarán nunca en nuestra biografía, porque Él los ha eliminado de ella para siempre. Ello nos ha de llenar de alegría y de una gran paz y serenidad, aquí en la Tierra y definitivamente en el Cielo.”.

La lejana cercanía se desmorona. Lo único que nos aleja realmente de Dios, el pecado, se viene abajo. El Cielo es estar con Dios. ¿Cabe mayor cercanía?

2 comentarios en “La lejana cercanía

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