Pasapalabra

—Don Rodolfo, le tengo que comunicar que me han seleccionado para el concurso de Pasapalabra.

 —Me extraña un poco, don Braulio. ¡Con lo mayor que es usted!, aunque siempre ha gozado de buena memoria y su cultura es enciclopédica.

—La verdad es que estoy muy ilusionado. Me paso el día en la biblioteca del pueblo hasta que me echan. Siempre soy el último en abandonarla. Cuando llego a casa sigo estudiando las respuestas de las posibles preguntas que me pueden hacer. Es inacabable.

—A usted le puede pasar lo de Don Quijote que «se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio».

—No se burle usted de mí. ¡Mire que si consigo el rosco!

—No le quiero dejar sin esperanza, pero yo diría que es casi imposible. Además, tendrá que competir con gente más joven… Ya me entiende.

—Sí, pero más inexperta. De todos modos, hay una pregunta que me inquieta mucho. No sabría qué responder.

—Si no está bajo el secreto de sumario… ¿cuál es por curiosidad?

—Imagínese que me dicen: «Vamos a la letra P. Comienza con P. ¿Cómo se llama este concurso?». Si contesto «Pasapalabra», acierto la respuesta y me la tienen que dar como buena, pero esa misma palabra se utiliza para parar el tiempo, no responder y seguir en la próxima letra cuando me toque el turno. Así que estoy en un profundo dilema.

—Lo que le sucede, don Braulio, es que debe de estar muy cansado. Esa pregunta no se la pueden hacer. ¡Menudo lío se montaría! Acabaría usted seguramente en los tribunales… ¿Por qué no se toma una manzanilla o algo similar? Estoy dispuesto a acompañarle.

Y así fue como ambos amigos se dirigieron con prisa al bar del pueblo, donde los parroquianos estaban viendo en Antena 3 el programa de Pasapalabra.

«Tiempo. Contiene la N. ¿Cuántas vocales del alfabeto se usan en el nombre de nuestro concurso?», se oyó preguntar a quien dirige el programa. El nuevo concursante del rosco respondió precipitadamente «cinco», e inmediatamente el «Noooo» —coreado por toda la audiencia— llenó el espacio auditivo salvo la respuesta pronunciada por don Braulio con toda su alma:

—¡Una!

A don Rodolfo se le escapó una admiración:

—¡Verdaderamente está usted bien preparado!

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