La escala angélica

Este relato está escrito en primera persona. No se trata de un suceso real. Lo he imaginado conversando con un director de coro.

Quiero dejar por escrito el siguiente suceso antes de que el paso del tiempo me lo borre de la memoria, como el viento arranca las hojas de los árboles a la llegada del otoño:

“Cuando me eligieron director del coro de mi parroquia, no me lo acababa de creer. Mi alegría era tan grande que temía fuera un espejismo, una ilusión. Cualquier cosa menos la realidad. Y, sin embargo, era verdad. Siempre había deseado dirigir un coro. Tenía los suficientes conocimientos musicales para leer partituras, y conforme las iba interpretando podía distinguir las diferentes voces. Además, tenía la suerte de poseer el llamado oído absoluto, esto es, me bastaba con oír el sonido de una nota para saber inmediatamente de qué nota se trataba.

Al comenzar con el coro parroquial, las cuatro voces ya estaban formadas.  En las de tenor y bajo predominaba gente ya madura, mientras que en las de soprano y contralto la edad era más bien joven e intermedia. Quise probar el primer día a los componentes, de uno en uno, así que les hice cantar unas sencillas melodías apoyadas por el piano de los ensayos. Me quedé muy satisfecho. Contaba el coro con muy buenas voces. De ese modo fue como empecé a dirigirlo. Con el paso del tiempo, fuimos mejorando las canciones habituales y nos atrevimos con otras nuevas en clara mejoría.

El hecho es que un buen día, cantando en una misa de domingo, se me quedó grabada una frase de la epístola de san Pablo a los Corintios que dice: “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman”. Tan impactado estaba que pedí al preparador del coro que tomara la batuta en lugar mío. Yo me quedé detrás, profundamente pensativo: «Si en el cielo oiremos sonidos que no se dan en la tierra, significa que nuestras escalas musicales son insuficientes. ¿Se podrá llamar a esa escala celestial desconocida una escala angélica?

Fue justamente en ese momento que perdí la noción de la realidad circundante. Cuando lograron despertarme —pues creían que había perdido el conocimiento— no supe aclararles qué me había pasado. Trataba de explicar la inimaginable felicidad que me sobrevino para la que no encontraba palabras. Solo sabía repetir: ¡Qué maravilla, qué maravilla! Nadie pensó en que me refería a lo bien que había cantado nuestro coro… Entendieron que había captado algo sublime, sobrenatural. Con el paso del tiempo todavía no soy capaz de detallar lo que sentí. La única comparación que se me ocurre es… con una maravillosa cascada de sonidos que al golpear sobre rocas cristalinas se va rompiendo en maravillosos destellos de luz. Y me quedo corto”.

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