El premio Priztker

Según Wikipedia, el premio Priztker “es el premio de mayor prestigio internacional y el principal galardón concedido para honrar a un arquitecto, mencionado comúnmente como el Nobel de la arquitectura”.

Bien lo sabía Andrés, que desde pequeño soñaba con ser el arquitecto mejor considerado del mundo. Se había embebido de las obras de todos los ganadores del galardón, estudiándolas a fondo, pensando siempre en cómo superarlas; incluso había logrado viajar a los lugares donde se encuentran los edificios más emblemáticos, consiguiendo que le permitieran sacar fotos que iba acumulando y ordenando. Pensaba que tenía todo lo necesario para empezar a plantearse su propio estilo, su camino arquitectónico que le llevaría a la fama imperecedera.

En su vida no había otra finalidad. A lo largo de la carrera universitaria había dedicado horas y horas al estudio; sus notas eran las mejores posibles, habida cuenta de la dureza de algunos profesores que tenían a gala no dar nunca la máxima calificación. Andrés había cultivado pocas amistades. Sólo era “amigo” de quienes podían servirle en un momento dado. Luego se olvidaba de “ellos” pues nunca habían significado para él nada más que un apoyo puntual.

Llegó la fiesta de la graduación. Mientras sus compañeros le felicitaban alegres por ser el número uno de la promoción, él agradecía sonriente, pero algo pensativo: “¡Cuántos competidores!”, se iba diciendo. En la foto de grupo le pusieron en el centro de la segunda fila, justo detrás de la fila en que se hallaban sentados los profesores de su promoción.

No se quedó a celebrar con todos. A partir de ese día comenzó a trabajar con mayor intensidad, si cabe. Alquiló un pequeño piso en el que instaló el estudio de arquitecto. Con la herencia recibida de sus padres podía vivir casi de rentas. No se llevó ningún recuerdo familiar, para que el pasado no le distrajera del prometedor presente.

Las hojas del calendario iban cayendo. Aumentaba el cansancio con los nuevos encargos que le iban llegando. Los clientes notaban en sus proyectos, una vez terminados, un toque de originalidad, de modernidad especial en el que se observaba la mano del quien pensaba ser un gran arquitecto. Pero él no estaba satisfecho. Soñaba siempre con algo mejor, más original, más impactante; algo que le hiciera reconocible en todo el mundo, como un nuevo Gaudí, pero ayudado de los últimos adelantos tecnológicos.

Concibió la idea de un edificio esférico, de plantas circulares; los pisos más amplios en el ecuador de la esfera y los más pequeños cerca de los polos. Los ascensores y escaleras por el eje vertical central. El conjunto, apoyado por ocho inmensas columnas curvadas, como si se tratara de un trofeo. Visto desde el aire el edificio parecía un calco del anverso de la Medalla del Premio Priztker, el trofeo tan esperado.

El edificio fue construido. Las críticas le llovieron de todas partes. Muy pronto decidió no atender a ningún medio de comunicación por miedo a que plantearan nuevas objeciones a la que consideraba su mejor obra. El premio Priztker lo veía cada día más lejos.

Cambió de modo de vestir, se dejó barba, incluso cambió de gafas. Era difícil ver en su nueva figura rasgos identificadores de quien había deseado con tanta fuerza la máxima distinción arquitectónica. Deambulaba por las calles mirando al suelo, evitando pasar por delante de las fachadas de los edificios emblemáticos de la ciudad. Su vida le parecía inútil. Un fracaso incomprensible.

Pasaron semanas de soledad, hastío y falta de interés por casi todo. Se mantenía con lo que compraba en el supermercado de la esquina. Dormía muchas horas, pero con pesadillas. No se atrevía a ir al médico por si le podían reconocer. Y así pasó un año hasta que…

Llegaron las Navidades… Las luces de las calles, los adornos de los comercios, el ajetreo de la gente yendo y viniendo; los niños, parándose en los escaparates que más les llamaban la atención. Todo ello fue sacándole de ese largo letargo en el que se había metido. Se daba cuenta de la felicidad de los demás. Del tremendo contraste de su rostro triste y apagado con las sonrisas y felicidad de los niños para los que todo era novedad.

“Transformación… Renovación…”, se decía. Esas palabras le iban golpeando en su interior, mientras caminaba por la avenida principal de la ciudad. “¿Será que me he hecho viejo siendo todavía joven?”. La cartelera de los cines anunciaba la reposición de la película Qué bello es vivir de Frank Capra. No recordaba cuándo fue la última vez que había visto una película en un cine. Harto de deambular por las calles se le ocurrió entrar. Al salir, era otro hombre. El premio Priztker podía esperar.

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