El cuadro

Era tema recurrente de conversación en los mayores de la familia si uno de los cuadros heredados de la abuela materna —el retrato de un noble del pasado— era de un artista de renombre mundial o simplemente una buena copia. La firma no se leía bien, pero, sin dudar, era un buen retrato al óleo.

El rostro y las manos del ilustre personaje habían sido pintados con enorme maestría. Se adivinaba en su mirada la profundidad de sus pensamientos, dando la sensación de alguien que está vivo, que te mira y, lo que es más inquietante, que se mete en tu conciencia.

Esa segunda sensación la compartían solo los adultos. Los pequeños se quedaban admirados de que les dirigiera la mirada, independientemente del lugar en que se situaran, como si moviera los ojos. Este fenómeno les llenaba de curiosidad no exenta de un cierto temor.

Cuando los adultos se quedaban solos delante del cuadro, era frecuente que la memoria se activara, metiéndose en esos recovecos oscuros que desdibujan la imagen ideal en la que se ven reflejados y con la que quieren que los demás les vean.

Quienes no querían recordar su pasado, apartaban rápidamente la mirada del cuadro y salían de la habitación. Otros, más valientes, amigos de la verdad, agradecían esos momentos de reflexión en solitario delante del cuadro para cuestionarse qué habían hecho hasta ese momento, qué estaban haciendo, hacia dónde dirigían su vida. De esas reflexiones salían, en ocasiones, propósitos bien concretos de un cambio de rumbo, de una reparación de algún daño causado, de un reencuentro con una amistad perdida…

Cuando por fin se decidieron los padres a peritar el cuadro, se descubrió que “posiblemente” era un retrato de un buen aprendiz de un célebre pintor que vivía en la Inglaterra de Enrique VIII. La firma no era auténtica, como se sospechaba y se confirmó mediante la técnica de infrarrojos, aunque se podía seguir afirmando que era “un buen cuadro”. Al regresar, comentaron los padres entre sí: “Puede que el lienzo valga menos de lo que hemos pagado por el peritaje…”.

El cuadro permaneció en la casa familiar y siguió haciendo su función. Los posibles ladrones ya sabían de su falsedad: La mejor protección. Los niños preguntaban de vez en cuando quién era el personaje y los padres respondían siempre lo mismo: “Un señor que ayuda a verte por dentro”.

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