El puente

Nadia, mujer tecnológica, por resaltar uno de los rasgos más acusados de su personalidad; Lydia, por el contrario, poco amante del mundo informático. Tan distintas la una de la otra y, sin embargo, tan amigas y todavía jóvenes.

Ambas habían estudiado en el mismo instituto. La primera más bien incrédula; la segunda más bien creyente. Lo que las unía era tener el mismo grupo de amigos —la cuadrilla de siempre— y disfrutar a rabiar con las mismas series de televisión.

De camino al McDonald’s más cercano debían cruzar el puente. Sabían que al volver empezaría a anochecer y que la gente se estaría ya retirando a sus casas. Cruzarlo de noche imponía. Pero no se arredraron. Una vez en el establecimiento, Nadia explicó a su amiga el último invento que había desarrollado.

—Te habrás dado cuenta del nuevo bolso que llevo colgado en el hombro, en forma de U. Por la parte de atrás sobresale una imperceptible mini-cámara conectada a mi móvil. Cuando me meto en lugares poco seguros saco el móvil, pongo en marcha la app que me he confeccionado con la que puedo ver en la pantalla a quienes se acercan por detrás, sin tener que girarme ni que ellos se den cuenta. Antes de salir corriendo, en caso de peligro, pulso el icono correspondiente con el que se envía al 112 un mensaje de voz, de modo automático, con mis datos, mi situación exacta y una foto del presunto agresor.

—Pues yo— respondió Lydia impresionada— no sabría defenderme con los medios que tú sabes poner. Acudo a mi ángel custodio. Es mi arma secreta.

—¿Ángel qué…?

—Bueno, te puedo explicar con lo que me sucedió hace pocos días, cruzando el puente. Me intentó abordar un individuo. Estaba sola. Puse en funcionamiento mi arma y —no te lo vas a creer— se puso en medio de los dos una persona alta y fornida que me preguntó si tenía fuego por casualidad. Yo estaba muy nerviosa. Le contesté titubeante que no fumaba. Cuál fue mi sorpresa al ver al supuesto agresor salir huyendo, mientras el fumador ocasional me adelantaba a paso rápido.

—¡Increíble!

Se despidieron ambas amigas. Esa tarde Nadia iba a regresar sola, pues a Lydia le acababa de llamar una tía suya que vivía al otro lado del río.

Armada con toda su tecnología, Nadia se dispuso a cruzar el puente. Notaba que le comenzaban a temblar las piernas. Todavía quedaba algo de luz natural… Ni un alma…

“Pero, ¡si no me queda batería!”, pensó aterrada ya en el puente. No se atrevió a mirar atrás. Se acordó del arma de su amiga. “¿Cómo era? … Ángel… ¡custodio!”.

Sin darse cuenta, una chica se le había acercado por detrás poniéndose a su lado. El susto fue mayúsculo.

—Perdona, ¿te importa que crucemos el puente juntas?

—¡Claro que no! — respondió Nadia con un suspiro de alivio.

—Por cierto, ¿no tendrás fuego, por casualidad?

—No fumo…

Y siguieron silenciosas hasta el final, mientras Nadia iba repasando mentalmente lo sucedido esa tarde.

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