La frase

Era difícil quitarle de la cabeza el estribillo de una canción revolucionaria que le llenó de entusiasmo y deseos de cambiar el mundo en sus años de juventud. Ahora se encontraba gordo, con bastantes años de más, sentado en un confortable sillón, con un gin-tonic en la mano y viendo un aburrido programa de televisión sobre la actualidad política.

Todo transcurría pacíficamente. En la pequeña pantalla ―no tan pequeña― pues procuraba que su televisor fuera el mayor de todo el vecindario, iba a tener lugar una entrevista con quien, en ese momento, era el líder de su partido político. Eso le animó. Dejó el vaso sobre la mesita más cercana y se dispuso a prestar una mayor atención, cambiando de postura y elevando el volumen del sonido.

Cuando apareció en pantalla, le vino al recuerdo la inolvidable figura de su primer líder en el Congreso de Solesmes ―en la época en que ambos eran jóvenes―, con un pantalón de pana, una bufanda alrededor del cuello y una sonrisa de enorme atractivo.

Algo en su interior le sobresaltó: “Sí, había continuidad entre los dos líderes, pero… ¡qué distintos!”. Se quitó esta idea de la cabeza y se centró en la entrevista.

En un momento dado, le vino a la mente un discurso del líder actual que, en síntesis, venía a decir algo así como que “la libertad es el fundamento de la verdad”.

De sus estudios de Filosofía sabía que esa idea era una simple copia de lo que afirman los pensadores “iconoclastas de la verdad”, que arrinconan la verdad al puro subjetivismo, desvinculándola de la realidad.

Cuando era pequeño, recordaba haber oído o leído, en el Colegio de religiosos donde fue educado, una frase diametralmente opuesta: “La verdad os hará libres”. Estaba seguro de que procedía de los Evangelios, pero le era imposible precisar de cuál de los cuatro.

Sin saber cómo, empezó a escuchar internamente una especie de canción, de melodía muy extraña, cantada por una voz grave y profunda, que repetía a modo de estribillo: “Seréis como dioses, seréis como dioses…”.

Instintivamente pensó que se trataba de una música de su móvil, pero no lo tenía consigo; quizá fuera la televisión, pero lo único que se oía eran las voces del presentador y del líder hablando entre ellos. Comenzó a ponerse nervioso. Estaba seguro de que todo era realidad: la entrevista, la melodía con esa voz… ¡Él mismo!… Cerró los ojos y se puso a pensar.

No sabría decir cuánto tiempo pasó en el sillón dando vueltas al pasado. Su vida completa se desarrollaba en su conciencia como una película de su propia realidad, sin trampa ni cartón. En ella veía sus decisiones acertadas, sus errores, la calidad de sus amores, sus pequeñas animadversiones. De todos sus pecados (así seguía llamándolos) se reconocía autor y se había dolido muchas veces de ellos. En esto, era un hombre honrado. Le gustaba la verdad, aunque le resultara molesta.

Comenzó a buscar con ansia una tabla de salvación entre las olas de sus propias emociones. La encontró, después de un cierto tiempo, en las enseñanzas que recibía de niño en su Colegio y se aferró con fuerza a ellas.

Cuando volvió a tomar conciencia plena de sí y de su entorno, se sonrió, y agradeció internamente ―a quien iba a dejar de ser en poco tiempo su líder― esa trepidación interior que le llevó a repasar toda su vida y a tomar nuevas decisiones. Así empezó su camino de vuelta a casa.

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