La prueba

Nunca había entendido el dolor de los inocentes. Cada vez que se enteraba de un atentado terrorista, de un accidente o de un caso de violencia doméstica, se preguntaba: “Dios mío, si tú eres todopoderoso y bueno, ¿cómo permites que sucedan estas cosas?”. Y no encontraba una explicación convincente.

Estaba nuestro personaje casado, con una hija única, a la que querían con locura. Había nacido con una enfermedad que les obligaba a estar permanentemente, día y noche, pendientes de ella.

Ambos la consideraban un regalo del cielo. Llevaban años sin que vinieran los hijos y, sin esperarla… ¡Ella! Guapísima, siempre sonriente, pero con esa dolencia que le impedía un desarrollo normal.

Pasada la dura constatación de la situación real de la niña, los padres se juramentaron para que su hija fuera la niña más feliz del mundo.

Y llegaron las noches en vela, los turnos para cuidarla, las salidas de estampida a urgencias, el adivinar qué le sucede y cómo ayudarla. Todo ello llevado con alegría, aunque en ocasiones el cuerpo no pudiera más.

Pero la pregunta por el sentido del dolor seguía flotando como una nube perezosa que se mantiene en el mismo lugar, sin soltar el agua que da sentido a su existencia. “¿Por qué nos ha pasado esto a nosotros?”. Y, mucho más penoso: ¿Por qué precisamente a nuestra hija?”. No encontraba él respuesta.

Los días transcurrían y la niña iba creciendo. Los problemas que se planteaban en el día a día eran nuevos y cada vez más complejos. Los padres se pusieron a investigar casos similares. La casa se llenó de libros, artículos y recortes de periódicos.

Con el paso del tiempo se notaba en la niña una mejora de capacidad de comprensión intelectual, también de percepción de quién estaba en cada momento con ella y, siempre, esa sonrisa que delataba lo querida que se sentía.

Parte de la respuesta al gran interrogante la encontró un día, por casualidad, en un artículo de una revista dedicada a temas familiares, y en el que pudo leer la siguiente frase: “No se puede amar sin sufrir”.

Al principio la rechazó de plano, pero al cabo de poco tiempo volvió sobre ella, considerando cuánto amaba a la niña y cuánto sufría por ella. Se formuló la cuestión de otro modo: “¿Podría estar seguro de que quiero a mi hija sin sufrir nada por ella?”. A lo que añadía: “¿Acaso mi sacrificio por ella no es la prueba irrefutable de que la quiero de veras?”.

Esas consideraciones empezaron a llenarle de paz, pero no acababan de resolver su perplejidad ante el modo de obrar de Dios: “Si es bueno, ¿por qué permite el mal?”. Pero muy pronto se decía: “Para comprender a Dios, debería ser yo otro Dios… y claramente, eso no es posible”.

Como se puede imaginar el lector, este breve relato no pretende resolver —¡ni de lejos! — el problema de la existencia del mal en el mundo, sobre el que se han escrito centenares de libros y miles de trabajos. Sin embargo, una noche en vela puede dar mucho de sí.

Lo primero que le vino a la cabeza es: “Si Dios determina la existencia de cada uno, ha pensado indudablemente en nosotros como padres de la niña, lo que supone una elección”.

Y continuando con este pensamiento: “La niña es un indudable despertador del amor. Gracias a ella, ha nacido un torrente de cariño que nos hace salir de nosotros mismos para volcarnos en un objetivo común: Que sea lo más feliz posible”.

La visión del crucifijo de la habitación, iluminado tenuemente por la lamparilla de la mesita de noche, le recordó una frase que había leído hacía ya tiempo y que había meditado con frecuencia: “Si Cristo no hubiera muerto en la Cruz, la verdad de que Dios ama al hombre estaría todavía sin demostrar”.

Apagó la luz y siguió dándole vueltas a estos pensamientos, vigilando a intervalos a la niña enferma, hasta que clareó el nuevo día.

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