El amuleto

Se había puesto de moda que era bueno el uso de un amuleto o talismán protector. Muchos estaban convencidos de su eficacia. La publicidad había sido de tal intensidad que era muy difícil sustraerse a ella.

Por la calle, por televisión, en las diferentes aplicaciones para tablets, smartphones y similares, aparecían anuncios para que el usuario acabara comprando un amuleto. Incluso sorteaban gratuitamente amuletos de cierta calidad artística y buen material como reclamo.

“¿Qué había detrás de todo esto? “. Esta era la pregunta que me inquietaba, sin estar sujeto a influencia de talismán alguno, y para la que no tenía una respuesta coherente.

Evidentemente, alguien hacía un claro negocio. Ese alguien podría ser “muchos álguienes “, pero lo curioso era la coincidencia temporal. Y empecé a indagar en las noticias de los periódicos del año en curso.

Me llamó la atención que, a partir de una determinada fecha, cuando se empezaba a extender la costumbre, todos los medios apoyaron sin fisuras una resolución del Consejo de Ministros en la que se prohibía cualquier crítica por escrito o verbal a las personas que llevaran un amuleto al cuello. Se invocaba el respeto a la libertad, “salvo la de expresión”, pensaba yo, “para este asunto”.

Sin dudar se trataba de una cuestión no sólo económica. Seguí investigando y descubrí que en algunas naciones este tema ya se había planteado y que la solución a la que se había llegado era incluso más drástica: penas importantes para los críticos.

Y seguía preguntándome: “¿Habrá una organización supranacional que imponga a los países una ideología determinada?”. No sabía llegar más lejos.

Pero la respuesta me llegó como cantada. Si gentes importantes formaran un lobby mundial y tuvieran el dinero, el poder, los medios suficientes, ¿no se verían tentados a imponer las ideas del grupo a todo el mundo y así lograr que todos pensáramos igual que ellos?, o lo que es equivalente, ¿a que todos siguiéramos sus criterios morales, políticos, económicos, etc.?

A cambio, los países que les secundaran participarían de su dinero (propio o administrado), poder y medios; en caso contrario, el vacío, la carencia de ayudas, la exclusión de los foros internacionales y otras posibles represalias.

Llegué a pensar que estaba delante de un problema que me sobrepasaba por completo y sentí la tentación de ponerme un amuleto que me protegiera de los grupos de presión. Pero rechacé la idea inmediatamente: ¡no creo en los amuletos!

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