La jubilación

“¿Alguien necesita de mí?”. Esta pregunta, con formulaciones semejantes, se la suelen hacer quienes llegan a cumplir una determinada edad, un número de años que marcan la diferencia entre un antes realizado y un incierto después.

Pedro, era uno de ellos. Se tenía que jubilar necesariamente. Pensaba que podía seguir siendo útil, pero la legislación le impedía continuar con toda una vida. Un panorama gris se le presentaba a la imaginación. No quería ser un “armario en el pasillo”, aunque sus amigos le aseguraban textualmente: “ahora es cuando trabajarás de verdad”, y se reían socarronamente.

Quizá estuvieran en lo cierto. Su vida había transcurrido con normalidad, o así creía él. Funcionario por oposición, casado con Isabel, con tres hijos ya instalados en la vida, comenzaba una etapa nueva que de seguro estaría llena de sorpresas.

Lo que más temía era la rutina del clásico jubilado que sólo busca pasar el tiempo, haciendo cualquier cosa como leer el periódico, tranquilo en su sillón; dar un paseo con otros jubilados; quedar con los amigos en el bar para jugar a las cartas; fumarse un purito tras otro, y así un largo etcétera de quehaceres que Pedro juzgaba, al menos, pérdida de tiempo.

“¿Para qué sirvo ahora?”

Pedro pensaba que podría ser de más ayuda en las cosas de la casa, aunque Isabel le decía que no necesitaba más colaboración de la que ya venía prestando. Apoyaba ella esta afirmación añadiendo que él no tenía maña para lo que no fueran números. Y era verdad, pues Pedro se había pasado la vida delante de un ordenador, manejando tablas y más tablas de datos, que había que procesar e interpretar.

Eliminada esa posibilidad, se puso a considerar cómo ayudar a los hijos, o, más exactamente, a los nietos. Ahí sí que se vio seguro.

Notaba, sin embargo, el peso de los años: “Los años pesan y pasan”, se decía divertido. Pero también “los años se llenan”, añadía, “como quien hace hueco con las manos para que un niño pequeño beba del agua que mana de una fuente”.

Un amigo suyo —que sabía de su inmediata jubilación— le acababa de enviar un afectuoso y animante WhatsApp en el que incluía las siguientes líneas, aspirantes a versos de una única estrofa poética: “Pasan los años / los árboles crecen / mas, bajo su sombra / ¡qué cantidad de bienes!”.

El contenido principal del mensaje no era el poético sino una breve lista de consejos: Valorar lo que antes imaginaba una pérdida de tiempo; no pensar en sí mismo; tratar de ayudar a todos; ser consciente de las propias limitaciones; contemplar el futuro con optimismo, y, lo más importante —en su particular modo de escribir— “prepararse para el encuentro definitivo con el Dueño del Huerto, que recoge los frutos cuando están en su punto”.

Y comenzó a hacerle caso.

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