Para siempre

Para siempre” es una de las expresiones que distingue al hombre del animal. Solo el ser humano puede decir “para siempre”. Solo el hombre y la mujer pueden decir un “para siempre” en el contexto de una creencia firme en un más allá, que supera las limitaciones del tiempo que conocemos.

Copio de un correo:

“Te querré siempre”, “No te olvidaré nunca”, “Nada podrá separarnos”, deberían ser tres frases sin sentido, e incluso un engaño mayúsculo imperdonable, para quienes se cierran a la realidad de un para siempre, de una vida que trascienda los pocos o muchos años que nos toca pasar en este mundo.

 Quienes así piensan deberían añadir si acaso un “hasta que la muerte nos separe”, cayendo en una auténtica contradicción; ya que la muerte no puede separar a dos seres que se conciben como abocados a la nada impersonal.

Este par de párrafos, verdaderamente densos —y el que sigue a éste— los escribió un amigo mío hace unos días, tras visitarme y pasar un fin de semana con su mujer en la ciudad más bonita del País Vasco. Y que me perdonen los ciudadanos de las otras ciudades…

No te puedes creer lo que sentí paseando con mi mujer por el paseo de […] contemplando el mar, mientras el sol se iba escondiendo. ¡Tuve una percepción de lo que es la vida eterna como nunca la había tenido!: Una vida interminable, de felicidad plena, de un futuro asegurado al cien por cien; sin ninguna clase de dolencia o enfermedad, con un cuerpo perfecto, siendo totalmente querido y queriendo a quienes más quiero. Y todo eso con todas las maravillas inimaginables a mi alrededor. Mientras caminaba sentía la felicidad de quien no muere nunca. Duró un par de minutos como mucho, hasta que mi mujer me preguntó si me pasaba algo.

Al terminar de leer su correo, que trataba de un montón de cosas de menor calado que le habían llamado la atención en su visita, yo pensé —con todos mis respetos, sea dicho— que mi amigo se quedaba corto en su descripción de la vida eterna.

Me viene a la mente lo que hace muchos años tuve la suerte de escuchar directamente de san Josemaría —el santo de lo ordinario— la contestación a que dio lugar una pregunta que le hicieron sobre cómo era el Cielo.

Después de recordar lo que san Pablo decía: «Ni ojo alguno vio, ni oreja oyó, ni pasaron a hombre por pensamiento las cosas que tiene Dios preparadas para aquellos que le aman», respondió con otra pregunta que dejó suspensa en el aire, como flotando, y que se hacía eco de lo que se puede leer en uno de sus escritos:

”… ¿qué será ese Cielo que nos espera, cuando toda la hermosura y la grandeza, toda la felicidad y el Amor infinitos de Dios se viertan en el pobre vaso de barro que es la criatura humana, y la sacien eternamente, siempre con la novedad de una dicha nueva?”.

Cuando contesté a mi amigo a su correo, le conté la experiencia personal que acabo de escribir en este relato, agradeciéndole sinceramente la suya, no sin olvidarme de pedirle permiso para hacerla pública.

¡Ah!, el paseo, por el que tuvo la suerte de disfrutar mi amigo con su mujer, me lo conozco muy bien…

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