El espejo no miente

Cada mañana me encuentro delante del espejo, como millones de personas que se preparan para iniciar un nuevo día. El espejo es ese testigo mudo de nuestra existencia, justo en esos momentos donde se produce una transformación de nuestro aspecto y, al fin, nos vemos como somos: con las arrugas y canas habituales, la verruga de siempre y quizá los ojos todavía cargados de sueño.

Un día más. Y un día menos. Lo mismo sucede con una bandeja de dulces: dulce que se come, dulce que falta.

La forma de hablar del espejo es muy elemental: “Tienes la corbata bien anudada; la chaqueta te queda bien; estás bien afeitado y… tienes un día más”. Ya lo sé, no hace falta que me lo digas —pensamos como enfadados—. A mí me recuerda la pesada voz del asistente del GPS que, de vez en cuanto, nos conduce hacia el huerto, en el sentido más literal posible.

La vida pasa. ¿Dejo poso? Eso me lo pregunto con cierta frecuencia. No sé si el espejo tiene la culpa. Habiendo leído ayer las estadísticas de la baja natalidad en la región donde vivo desde hace ya muchos años (abocada a desaparecer, salvo la inmigración), me pregunto; ¿qué se debería hacer a través de los medios e instituciones para que las cosas fueran de otro modo? El espejo no responde. Me quedo de pie mirándome (parece narcisismo) y en esos momentos me viene a la mente la ingente cantidad de seres humanos (mis antepasados) cuya generosidad, abierta a nuevas vidas, ha hecho posible que yo pueda contemplarme en el espejo.

Sin entrega personal, no hay futuro. Nuestra sociedad se hunde en los sillones de la comodidad, en el disfrute pasajero de eventos virtuales, quizá con la alegría de los tripulantes de primera clase del Titanic antes del desastre: “Cerca de ti Señor…”, interpretaba la orquesta, sin saber que:  “El dolor – dirá C.S. Lewis – es el altavoz que emplea Dios para despertar a un mundo de sordos.”.

Parece que el espejo me ha sido más útil de lo que creía al principio de redactar este breve relato. “¿Quién es la más hermosa?”, pedía la Reina al espejo en el conocido cuento de Blancanieves.

Quizá en la verdad de nuestra vida esté la respuesta a lo que debemos hacer para que las cosas cambien a mejor.

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