Para ganar saber perder

No es sencillo ganar una partida jugando al ajedrez con las piezas negras. El blanco dispone de la ventaja de la salida inicial.

En esa época participaba en un Campeonato por equipos para subir de categoría. Me había encerrado en el mundo del noble juego con el fin de no pensar en mi barco familiar que hacía aguas. Al menos dos camarotes tenían sendas fugas: el de las relaciones con mi mujer y el de comunicación con mi segunda hija. Las discusiones terminaban saliendo yo a la calle para respirar un poco. El Club de Ajedrez era mi salvación. O así creía.

Esa tarde mi partida era decisiva. Me tocó jugar con negras. Si ganaba, mi equipo subiría a categoría preferente. La máxima ilusión de cualquier Club: tener un equipo en esa categoría.

Reconozco que jugaba nervioso. Al blanco le bastaba hacer tablas para no bajar de categoría. Jugaba mi oponente sin arriesgar. Estaba mejor de tiempos. La aguja del doble reloj que medía el mío estaba a punto de hacer caer la banderilla, por lo que un minuto más de pensar y habría perdido la partida.

El blanco, además del rey, tenía tres peones en la columna de torre de rey; en cambio yo tenía mi rey, una torre y un solo peón.  El rey blanco estaba ahogado y en esa situación serían tablas, por lo que no me podía resignar. De otra parte, el tiempo apremiaba. Fue en ese momento cuando me acordé de una frase que me solía repetir el entrenador: “Para ganar, a veces hay que saber perder material”. Y en breves instantes decidí entregar la torre (Ver figura, antes de la entrega).

Negras

Blancas

Paré mi reloj y se puso en marcha el suyo. (Ver figura, después de la entrega).

Negras

Blancas

Mi contrario meditó un poco la nueva posición, comprendió que estaba perdido y tumbó su rey blanco, en señal de derrota. Le iba a dar jaque mate en tres jugadas. Inmediatamente me comentó, emocionado, la belleza del final, firmó el estadillo y me dio la mano, porque era un caballero.

Yo me quedé con la cabeza reposando sobre el tablero. No oía las felicitaciones de los compañeros de equipo. Mi pensamiento se iba a mi familia: “Para ganar, a veces hay que saber perder”, me venía esa frase recortada, una y otra vez. “¿Qué puedo hacer para recomponer las relaciones?”, pensaba. “Evidentemente, saber perder”, concluía. Tenía intención de quedarme más tiempo en el Club para celebrar la victoria y el ascenso de categoría, pero les dije: “Os tengo que dejar. Me voy al cine con toda mi familia al completo. Al estreno del peliculón del año. A mi mujer y a mi segunda hija seguro que les va a encantar la idea”.

Y gané la partida familiar al aprender a jugar juntos y con el mismo color.

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