Otro viaje en autobús

 

Este nuevo relato  lo ha escrito un lector amigo del blog. Me lo ha hecho llegar al término de un viaje que hizo en autobús, contando su experiencia vivida por él, en contestación a mi anterior relato breve que publiqué en este mismo blog.

Sigamos con su relato:

“En el primer mundo, los problemas que tenemos los pasajeros que usamos servicios públicos de transporte son de otra índole, pero con trasfondo similar al que describe usted sobre la pobre señora india en su último relato … ‎porque no padecemos superpoblación. Con el actual decrecimiento de población, en pocos años, los autobuses irán medio vacíos; o ya no harán falta; o quizá servirán solo para los pocos que no puedan valerse por sí mismos y tengan que trasladarse de una ciudad a otra.

Pero lo que no cambia, ni en la India ni el primer mundo, son los que se creen con el derecho a usar los servicios públicos (el transporte, la sanidad, la educación…) como si fueran exclusivos para ellos, sin importarles los demás.

 ¿Qué me lleva a razonar así? Verles, en mi autobús de vuelta a casa, estornudar, expandiendo sus bacterias a su alrededor; hablar por el smartphone como si fueran los únicos viajeros; sentarse en un asiento y parte del contiguo, como si al subir hubieran engordado instantáneamente; descalzarse por el calor que sienten en los pies; consumir alimentos, mostrando todo su maxilar bucal o dejando esparcidas las sobras que, voluntaria o involuntariamente, caen en el suelo; limpiarse sobre la cabecera del asiento de delante, y así un largo etcétera de acciones que denotan una patente mala educación. ¡Qué horror!, me decía, a mí mismo, al llegar a casa, agotado del trabajo y del viaje. Creo que cansa más la hora y veinte en el autobús de marras que un fin de semana de trabajo.

 Antes de entregarme al merecido descanso, pensaba yo que muchas personas se apoyan en la falta de ética en su razonar egoísta, para poner sus derechos por encima de los demás.  Si alguien, por ejemplo, padece un sufrimiento insoportable y desea acabar con su vida y del modo que quiera, ¿quién tiene derecho a impedírselo?; ‎ si una persona, por poner otro ejemplo, se ha quedado embarazada en contra de su voluntad, ¿quién tiene derecho a evitar la interrupción de dicha gestación?

 Para esas personas, nadie. Pero, en ese par de ejemplos, hay unos graves deberes que se dejan de cumplir con ese modo irresponsable de actuar: el de respetar la propia vida y, el no menos importante, de respetar la vida ajena inocente. Con consecuencias  individuales y sociales irreparables, en ambos casos.”

El paisaje que desarrolla en su relato mi colaborador ocasional encierra mucho más de lo que se lee a primera vista. Se podría entender a nivel superficial, pero esconde el resultado de todo un proceso educativo de la conducta, donde han fallado, probablemente, el ejemplo de la propia familia y la transmisión de valores en los centros de educación básica.

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