Un par de retratos

 

            Fue más fácil de lo que me imaginaba conseguir que el pintor ambulante me hiciera un retrato. No tuve que esperar mucho tiempo hasta que terminara el anterior. El parecido con la dama, que pacientemente había estado posando todo el rato, era extraordinario. Se trataba de una mujer esbelta, de gran dignidad y bellas facciones Me recordaba los retratos de Antonio López por su realismo, aunque no por la rapidez en finalizar la obra.

            El pintor sonrió a la digna señora, mientras ésta sacaba de su bolso una cartera y le retribuía conforme a lo convenido. Al despedirse oí que le decía: “Señora, no olvide que yo hago retratos que están… (y justo en este momento pasaba una ambulancia con la sirena a todo trapo). Ni ella ni yo pudimos oír el final de la frase. No le di ninguna importancia.

            Era mi turno. La paciencia siempre tiene su recompensa. Me senté en la silla de tijera, con mi mirada vuelta al campanario de una iglesia cercana, tal como el artista me pedía. Insistió, además, en que no me moviera hasta que me diera un descanso. Sosteniendo la paleta con la mano izquierda, sentía cómo su mano derecha iba pasando con agilidad el pincel por la blanca tela, montada sobre un caballete plegable de madera de haya.

            “Ya puede descansar. No hace falta dedicar más tiempo”, me dijo. Mi vista inmediatamente se dirigió al cuadro. No me lo podía creer. Parecía terminado, y era verdad. No era una fotografía, pero un mirón que había estado contemplando todo el trabajo del pintor estaba como embobado con el parecido. Yo me quedé de piedra. ¡Era como si fuera yo mismo! Me quité esa idea de la cabeza. “¡No, no! Tan solo es un cuadro. Muy bueno, pero un cuadro”.

            Justo al pagar, después de darle las gracias y una propina verdaderamente merecida, me advirtió con un: “Señor, no olvide que yo hago retratos que están… (y de nuevo un ruido ensordecedor de una sirena de policía). No me atreví a preguntarle qué me había dicho, pues inmediatamente se había puesto a hablar con el siguiente cliente.

            Me fui con mi retrato bajo el brazo, envuelto cuidadosamente en un papel protector. Crucé la calle y cuál fue mi sorpresa que me encontré con la digna dama del retrato anterior, sentada en un banco y con una cara de desolación. Su retrato se apoyaba a la vista en el respaldo. El parecido se había evaporado. De la señora esbelta, digna, de bellas facciones no quedaba nada. Tan solo la imagen de una mujer de baja estatura, encorvada y con arrugas que la hacían como cuarenta años más vieja; aunque quedaba una tenue semejanza. Me quedé desconcertado. La señora se puso a llorar.

            Salí disparado para hablar con el pintor, pero ya se había marchado. Tuve suerte. Vi al último cliente con un cuadro bajo el brazo. Y corrí hacia él hasta darle alcance. “Disculpe, por favor, ¿me podría usted decir qué le ha dicho el pintor al despedirse?”, le espeté ansioso. Y él con suavidad replicó: “Me ha dicho sencillamente: Señor, no olvide que yo hago retratos que están vivos. Reflejan el estado de su conciencia”.

            Inmediatamente desenvolví mi retrato. Seguía pareciéndose bastante a mí. Solté un suspiro de alivio. Después de agradecer al señor del último cuadro su información, me despedí y volví al banco donde estaba todavía sentada la digna señora.

            Me atreví a decir: “Señora, quizá deba corregir su vida si quiere que su cuadro se le parezca”, a lo que ella me replicó: “Desde que vi el retrato no he parado de llorar por mi vida, arrepentida como estoy.  Antes de volver usted, he vuelto a mirarlo y ya me voy reconociendo en él”.

            Se me ocurrió decir: “Allá tiene una iglesia”. A lo que me contestó: “Es allí donde pensaba ir”.

            Me marché sin decir nada más.

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