El número doce

Faltaban doce minutos para las doce del mediodía, hora en la que el reo iba a ser ejecutado por un delito que no había cometido. El tribunal dictó sentencia acusándole de asesinato, cuando en realidad había sido un intento frustrado para evitar el suicidio de la víctima. Los doce miembros del jurado estaban satisfechos con su labor. Se iba a hacer justicia.

Lo único que le permitieron llevar consigo fue el escapulario de tela y —doce minutos antes de salir para el cadalso— el teléfono móvil, para que pudiera despedirse de su joven esposa.

Omito aquí las conversaciones que tuvieron él y ella para no entristecer a los lectores. Solo transcribo el diálogo final en el que habla primero la mujer:

—Tus palabras se me han grabado en el corazón y nunca desaparecerán de mi memoria.

—Mujer… ¿Has dicho grabado?, ¿memoria?… ¡Qué tonto soy! — replicó el marido.

—¡Que paren la ejecución! — gritó con fuerza el reo al vigilante que estaba escuchando tras la reja—. Llame urgentemente al alguacil de la cárcel.

Uno de los guardas salió disparado en busca del alguacil mientras el vigilante oía repetir al reo: «La grabadora, la memoria, la grabadora, la memoria» …

—¿Desea alguna cosa en que le pueda ayudar? — dijo solícito el alguacil al entrar en la celda.

—¡Sí! —respondió con fuerza el reo—. Que se pare la ejecución y se complete el juicio con la prueba definitiva de mi inocencia: la grabación de mi conversación con el suicida, momentos antes de que acabara él con su vida. Acabo de recordar de que la debo tener guardada en la memoria del móvil, pues cuando me lo quitaron, vi que tenía activada la aplicación de grabación. No le di ninguna importancia en esa ocasión, pues pensaba que me lo iban a devolver enseguida. Aunque… ¡no hay tiempo que perder!

—Si esto es así, ha tenido usted mucha suerte. Se lo hago llegar enseguida al juez del caso, pero antes le voy a llamar por teléfono ahora mismo para que ordene cautelarmente la interrupción de la ejecución.

Y así fue como se hizo verdadera justicia. El acusado recobró su inocencia. Todos los días, faltando doce minutos para las doce, su mujer le recordaba que en breves minutos iba a ser la hora del Ángelus. Cuando en alguna ocasión alguien le preguntaba cuál era su número favorito la respuesta la pueden dar los lectores sin temor a equivocarse.

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