El Casino de Masnou

Cuando era pequeño frecuentaba casi todas las tardes el Casino de Masnou, en las vacaciones veraniegas. Se trata de una iniciativa cultural nacida a finales del siglo XIX. No se crea que allí me jugaba el poco dinero que administraba semanalmente, para pagar la entrada del cine de sesión continua y comprar un helado, en el intermedio de las dos películas que proyectaban en un Cine cercano.

No. El Casino era —y sigue siendo— un lugar de reunión, aunque en la actualidad muy venido a menos. Otras entidades recreativas y culturales han tomado el relevo, sin superar la categoría ni el empaque de los edificios modernistas que lo configuran.

Mis recuerdos de infancia me llevan a una bolera, en la que solo era permitido jugar a los “mayores”; a un frontón, en el que habitualmente se jugaba con raqueta y bolas de tenis; a una pista polideportiva, apta para jugar a fulbito, baloncesto, hockey sobre patines y, raramente, a tenis; a unos billares, el más pequeño lleno de sietes o descosidos producidos por los principiantes, y a una pista de baile, donde los sábados actuaba una orquestilla, con cantante incorporado, que interpretaba las canciones del momento.

También había una sala de juegos. No se aceptaban las apuestas. El juego de cartas más apreciado era el bridge, alternando con la canasta para quienes las reglas del juego inglés parecían casi imposibles de aprender. El dominó, de otra parte, era una clara alternativa a los naipes.

Incluso el Casino disponía de un Teatro, en el que se representaban, muy de vez en cuando, obras del momento. Otras veces se tenía Cine Fórum o bien bailes de disfraces. El Teatro era de estilo Romántico y Neoclásico, con un balcón semicircular, columnas de hierro y vitrales policromados en las ventanas.

Para poder entrar al Casino había que ser socio y pagar una cuota, extensible a los miembros familiares que fueran menores de edad.

En el Casino se organizaban diferentes campeonatos. El más popular era el de fulbito. Se apuntaban un buen número de equipos de veraneantes y tan solo uno del pueblo. La rivalidad estaba servida.

Yo jugaba con “Los pulpos”, nombre que obligaba a que vistiéramos todo de negro; quizá nos llamábamos así por causa de uno de los defensas, que era muy alto y que con sus largas piernas se adelantaba a los pases de los contrarios. Cuando se producía una falta especialmente peligrosa y se enzarzaban los jugadores, el árbitro tenia que separar también a sus familias respectivas, tal era la intensidad con que se vivían los partidos.

Los campeonatos de frontenis eran muy seguidos y de mucha tensión. El público se metía prácticamente dentro de la pista cada vez que celebraban un tanto de la pareja que apoyaban.

Con motivo de Santa Rosa, se tenía la tradicional Verbena. Recuerdo muy gratamente la del año 1962. En ella actuaron la cantante Salomé y El Dúo Dinámico, con éxito indiscutible. El jardín del Casino estaba lleno de mesas con cena servida en torno a la pista de baile. La decoración copiaba motivos del Barrio Gótico de Barcelona. Los farolillos, las luces y las guirnaldas daban un ambiente festivo, como recoge una nota de prensa de la Vanguardia del día siguiente.

Como éramos muy jóvenes, no nos dejaban entrar en el recinto en esas ocasiones. Sin embargo, nadie nos podía impedir que nos subiéramos a los árboles más cercanos y así ver el espectáculo gratis…

Las tardes pasaban volando en el Casino. Costaba regresar a casa, si bien la cena era un buen reclamo. Los planes de la cuadrilla se decidían allí, de un día para otro. El Casino cumplía bien su función.

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