Rafael

No debían haberse metido en el agua. Las dos amigas decidieron darse un baño en una playa del Cantábrico. Hacía calor. La necesidad de refrescarse vencía la típica aprensión de quienes saben algo del peligro en el mar, cuando de repente cambia el tiempo, pero piensan que las cosas malas suceden siempre a los demás.

Y empezaron a nadar. Entre brazada y brazada iban comentando alegres, en un lenguaje entrecortado, sus últimas experiencias de la universidad. Los exámenes estaban a la vista. Había que relajarse antes de acometer de forma organizada el repaso de un buen número de asignaturas. Todo había salido como preveían. Su amistad se había consolidado. Tantas horas trabajando juntas, compartiendo esfuerzos, ayudándose en la resolución de los mismos ejercicios, animándose la una a la otra y, ahora, nadando juntas hacia el horizonte inalcanzable.

Llevaban bastante tiempo así cuando empezaron a notar un cambio brusco de tiempo. Primero observaron que el cielo tomaba un color grisáceo, seguido de un viento imprevisto que hacía que el propio mar, antes plano, oscilase de una forma extraña y como en sentido inverso. El viento siguió soplando y fuerte, por lo que decidieron volver a la orilla.

Comenzaron a nadar en dirección hacia la playa, pero muy pronto se dieron cuenta de que no avanzaban, de que el mar podía con ellas. Empezaron a ponerse nerviosas. Se preguntaban sobre qué era mejor: si dejarse llevar por la corriente haciéndose las muertas o luchar contra la marejada a brazo partido. De todos modos, había que hacer señas de petición de auxilio.

Como estaban lejos de la orilla muy probablemente nadie percibiría las señales ni los gritos de socorro. Más aún la playa había quedado desierta. Los pocos que estaban se habían ido a toda prisa. La situación era grave. Sin ponerse antes de acuerdo, las dos amigas se pusieron a rezar en voz alta. La angustia crecía conforme se daban cuenta de que no avanzaban. “¿Cuánto tiempo podremos aguantar así?”, se preguntaban a sí mismas.

No supieron contestar más tarde a la pregunta de cuántos minutos estuvieron nadando en esa situación, sosteniéndose a duras penas en el mar. El surfista que las salvó sólo les dijo: “Pero, ¿qué hacéis aquí? Agarraos a mi tabla y os llevo”. Ellas automáticamente se asieron a la tabla, dando gracias a Dios en su interior, y en unos minutos que se hicieron eternos llegaron a la playa.

Exhaustas, fueron a buscar las toallas para secarse. Una de ellas volvió la cabeza y se dio cuenta de que el surfista ya se estaba marchando. Rápidamente le preguntó: “¿Cómo te llamas?”, con la intención de poderle agradecer su inolvidable ayuda. “Rafael”, fue su lacónica respuesta. Y sin cruzar más palabras le vieron por última vez subiendo las escaleras que conducen al paseo marítimo.

“¿Rafael?… ¿No se llamaba también así el ángel que acompañó al joven Tobías?”, dijo una de ellas.

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