El televisor

Toda la familia irradiaba felicidad con la llegada del nuevo televisor. Les había tocado en la rifa benéfica para la lucha contra el cáncer, organizada por el colegio de los niños. ¡Nada menos que el primer premio!

Mientras los padres estaban recogiéndolo, uno de los miembros del Jurado les dijo en voz baja: “No saben ustedes bien lo que se llevan. Es el último modelo del fabricante… Y dicen que es inteligente, diseñado con los últimos adelantos en inteligencia artificial. No lo maltraten. Sepan que en una revista técnica de mucho prestigio dicen que este modelo llega a sentir emociones; incluso que es casi humano…”.

Ya no oyeron más. Lo extraño es que hubieran oído algo, pues estaban tan emocionados que toda su atención se dirigía al “nuevo miembro de la familia” que entraría a formar parte de sus vidas.

La llegada a casa fue una fiesta, como era de esperar. Los hijos querían desenvolver apresuradamente el papel de colores de la caja que envolvía el aparato. El padre, que observaba algo nervioso, les dejó hacer. Luego extrajo rápidamente el equipo y lo instaló en el lugar que había dejado el televisor viejo, en el mueble-biblioteca de la sala de estar. Todos aplaudieron cuando el más pequeño de los presentes pulsó el mando para encenderlo.

Para sorpresa de todos, en la pantalla apareció un mensaje que decía: “Me siento feliz de estar en vuestra casa, que espero sea también la mía. Mis respetos hacia los padres, Rafael y María; besos a los niños, Pedro, Olga y Rafael, y en especial un abrazo a los abuelos, Pedro y María del Mar, que con seguridad estarán en su habitación a estas horas”. Y en letras mayúsculas continuaba el texto con un:

“POR FAVOR: NO OS OLVIDÉIS DE LEER LAS INSTRUCCIONES”.

Se quedaron de piedra. “¿Cómo era posible que un televisor supiera tantas cosas sobre ellos? Tiene que haber sido obra de alguien que nos conozca bien. ¿Será el sobrino informático, el que está ‘pirado’ por internet? Sí, muy probablemente sea él”. Esas preguntas y consideraciones se hicieron los padres, mientras los niños se divertían y el mayor buscaba afanosamente en la caja el prospecto de instrucciones.

Sin hacerle caso, el padre prefirió coger el mando con el que pudo comprobar que la televisión respondía de la misma manera que la mayoría de los televisores. Permitía cambiar de canales, variar la intensidad del sonido, conectar con Internet y con el móvil familiar a través de Wifi. Los niños observaban la destreza de su padre, pero se sentían más seguros con la paciencia y serenidad de la madre que no se alteraba nunca por nada.

Ambos progenitores decidieron estrenar el equipo viendo un programa infantil programado para la hora de la merienda de los críos. Una película de dibujos animados. La niña se quedó dormida al poco tiempo de empezar. Sus hermanitos tenían los ojos dirigidos hacia la pantalla como si nadie más hubiera en la sala.

Los padres les contemplaban pensativos y en voz baja se decían: “¡Esta tele!… Como no la controlemos bien, puede ser más absorbente que la vieja”. Cuando terminó la película los niños querían ver más, pero el padre les dijo: “Ya está bien por hoy”, mientras la madre se llevaba en brazos a la niña dormida a su habitación.

El pequeño apagó el televisor, pero en los últimos instantes, antes de fundirse a negro del todo, volvió a aparecer un rótulo en pantalla que decía: “¡Pues claro que me tenéis que controlar! Rafael, has hecho muy bien. Los niños tienen que hacer sus deberes y la niña irse a la cama. ¿Por qué no me enchufáis en el mejor momento para todos? En Internet hay material adaptado a la edad de los niños que se puede bajar y ver en familia a la hora que mejor os vaya. Buenas noches”

Volvieron a quedarse atónitos, con ‘la mosca en la oreja’: “¡Ese sobrino! ¡Seguro que ha instalado una cámara sin que lo sepamos! ¿Cómo puede el televisor saber lo que hacemos o decimos? Tenemos que hablar con él inmediatamente”.

― Sobrino, soy tu tío Rafael. ¿Cómo estás?

― ¡Qué alegría oírte! Muy bien. ¿Y tú?

― Bueno… Bien, pero hemos recibido un televisor como premio de una rifa…

Y le fue narrando todo. Lo último que el padre preguntó fue:

― ¿Tienes tú algo que ver?

Se produjo un silencio prolongado, como si se hubiera cortado la comunicación. Al cabo de unos segundos, que a Rafael le parecieron minutos, contestó:

― Nada en absoluto. Pero…

― ¿Qué significa ese “Pero…”?

―Pues que no sabes el televisor que tienes. Es casi humano. No puede tener conciencia de sí mismo, como es evidente. En él todo es material. Es una mezcla de hardware y software. A fin de cuentas, como sabrás, un programa es una colección de instrucciones, reducida a listas interminables de ceros y unos. Sin embargo, los ingenieros que lo han diseñado… son muy buenos y se han lucido con este último modelo. Han incorporado elementos que hacen posible que el televisor sea uno más en la familia.

» Todo esto ya se explicaba en las instrucciones. Si vas a la penúltima página encontrarás los tres siguientes puntos que te voy a leer:

  1. Este televisor es para toda la familia.
  2. El equipo debe estar en un lugar preeminente.
  3. Haga caso a lo que el televisor le indique.

 

» Mira, haz una prueba. Llévalo a la habitación de los abuelos y ponlo en marcha.

Tío y sobrino se despidieron. Ayudándose, el padre y la madre trasladaron el televisor a la habitación de los abuelos, quienes sentados en torno a una mesa camilla se miraban con cariño, sin apenas articular palabra. Se sorprendieron de la operación. Y más cuando al encender el televisor salió de él una voz cálida y audible que decía:

―Mis mejores saludos para los abuelos María del Mar y Pedro. Vosotros sois los troncos de donde han surgido, a través de Rafael y María, las tres pequeñas ramitas de la familia. ¿Os percatáis de lo importante que sois? ¿No veis cómo los niños os agradecen el cariño, la dedicación, las enseñanzas que transmitís? ¿No os dais cuenta de lo a gusto que están con vosotros? ¿Pensáis que es tiempo perdido? ¡En absoluto!.

Y no dijo más.

Los abuelos se quedaron estupefactos. La madre fue a por unos Kleenex. En muy poco tiempo, el televisor llegó a ser uno más en el hogar.

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