Recuerdos

Es sencillo llegar hasta el Santuario de la Virgen de la Cisa. Basta con subir allí desde el pueblo de Premiá de Dalt por una carretera asfaltada, de pocas curvas y poco tráfico. Ya en lo alto, se encuentra el edificio barroco, con su fachada de coronamiento curvado, en la que destaca una hornacina con una imagen de la Virgen.

Una pequeña explanada da amplitud al conjunto. En buena parte sirve de terraza de un modesto bar. Unos árboles aportan una cierta sombra que se agradece en verano, mientras corre la brisa marina y se pueden contemplar unas bonitas vistas al Mediterráneo.

Pero el relato es retrospectivo. Recuerdo a tres hermanos, vestidos con nikis iguales, ir a visitar con sus padres a los abuelos maternos que solían pasar cada año una corta temporada estival en la Residencia La Cisa, a mitad de camino de la subida al Santuario. A la alegría del encuentro con esas figuras inolvidables de ternura hecha años se añadía la libertad de jugar a sus anchas en el jardín delantero de la enorme finca. Las fotos, que conseguía el abuelo, con una cámara antigua, fijaban en las retinas infantiles, con el paso del tiempo, esas horas deliciosas que siempre terminaban con una suculenta merienda.

Ya de mayor he podido acudir en ocasiones a rezar a la Ermita, solo o con amigos. En su interior preside la pequeña imagen de la Virgen de La Cisa, del siglo XIV, restaurada en la década de los cuarenta. Se puede besar la medalla.

Los recuerdos se agolpan, como si las fotos del abuelo quisieran tomar vida y salirse del Álbum familiar.

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