Una idea original

El escritor novel llegó tarde a la reunión con el editor jefe de una importante editorial de ámbito internacional. Era su primera obra. Peor no podía haber comenzado la carrera literaria. Había conseguido una cita gracias a su amistad con el hijo de quien le había reservado tan solo diez minutos de su precioso tiempo.

—¿Sabe usted que le quedan tres minutos de entrevista? —. Así comenzó el diálogo con quien podía abrir la puerta de su destino o cerrarla para siempre.

—Perdóneme el retraso. Tuve que atender a una persona mayor que se había caído en un paso de peatones. La gente iba a lo suyo. He venido corriendo.

—Ya… Hábleme de su primera novela, cuyo título es…

—No tiene título.

—¿Me quiere hacer creer usted, a mí, que No tiene título es el título de su trabajo? Veo que está usted jugando a ser como Carmen Laforet, la escritora de Nada, su obra más conocida.

—Efectivamente, ella escribió Nada, aunque suene a paradójico. Yo he dado un paso más. Mi primera y más importante obra (ya lo verá con el paso del tiempo) no tiene título. En la contraportada se indicará que el título es el nombre del asesino. Ya sabe que en las novelas policíacas suele ser el mayordomo el criminal (no sé por qué), pero en ésta no se cae en semejante vulgaridad.

—O sea, si no lo entiendo mal, usted quiere que se venda un libro sin título y, además, hasta que el lector no se dé cuenta de quién es el asesino no llegue a saber cómo se llama el libro. ¡Admirable! — esto último lo dijo, no sin una cierta carga de escepticismo.

—Efectivamente— replicó el escritor, dejando patente que repetía el adverbio de modo voluntario.

—Explíquese un poco más, en el último minuto que le queda—, le urgió a responder el editor, haciendo ademán de levantarse.

—Me basta este minuto que me concede. Dese cuenta que el futuro lector va a ser picado por la curiosidad. Termina de leer el libro y en ningún lugar se dice quién es el asesino. Lo tiene que deducir él. Como no está seguro de su conclusión, hablará del libro con sus amigos, quienes a su vez lo adquirirán y les volverá a suceder lo mismo. Es como una reacción en cadena. Además, al no tener título, en las listas ordenadas aparecerá siempre en primer lugar (o en el último). ¿Se imagina usted cuántos ejemplares se pueden llegar a vender?

—Los tres minutos que tenía ya se han cumplido. Disculpe mi trato descortés. De todos los proyectos que tengo el suyo es el que me parece más interesante. ¿Tiene usted diez minutos para seguir charlando?

—Efectivamente—. En esta ocasión pronunció el adverbio con una clara sonrisa de satisfacción.

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