Ismael

“No concibo que un artista no desee compartir con sus amigos el gozo de cada nueva creación. El arte pide ser reconocido, no tanto admirado cuanto comprendido”.

Estos pensamientos los había escrito Ismael en su diario, antes de quedar rendido, en lucha desigual, en los brazos de Morfeo.

Porque lo que hay que saber es que Ismael se había criado en un barrio de lujo; en un chalet individual con jardín, de una urbanización silenciosa. La carretera estaba alejada y los vecinos eran personas ya mayores. El lugar ideal para componer las melodías que luego pasarían al pentagrama, serían instrumentadas y finalmente grabadas en un estudio.

Sus padres ya no vivían. Hijo único, le habían dejado una bonita herencia, además de haberle costeado los estudios de piano en un buen Conservatorio de Música. Premio extraordinario. Compositor y concertista afamado.

Encerrado en su castillo, como decía a sus amigos, pasaba las horas sentado delante de un piano de cola, tratando de innovar en el trillado mundo musical. Y lo conseguía.

Sus mejores momentos… cuando avisaba a sus amigos para que le oyeran interpretar un estreno mundial, como él lo llamaba: Una nueva pieza compuesta por él.

Los conciertos que daba en los grandes escenarios los veía como algo rutinario; pero ese estar con sus amigos, con quienes le apreciaban y valoraban de verdad, no tenía precio.

Conforme iban llegando a su casa, tras un saludo efusivo, Ismael les indicaba el lugar preciso, el asiento donde pensaba estarían más a gusto para escuchar la nueva composición. Verdad es que todos se sabían bien el ritual, por lo que los estrenos mundiales podían empezar sin demora.

En esa ocasión, por alguna causa desconocida, a Ismael se le notaba muy fatigado, como quien ha dormido poco. Con un caminar lento, sin portar partitura alguna, sin ninguna clase de presentación, sin ni siquiera anunciar el título de la nueva obra se acercó al piano y se sentó en la banqueta.

Ismael inició los primeros compases con un pianississimo tan suave que daba la impresión de no haber todavía comenzado la interpretación, aunque sus manos y sus pies delataran lo contrario.

Los asistentes hacían esfuerzos por escuchar lo que iba tocando. Algunos decidieron levantarse de sus asientos, sin hacer ruido, y caminar hacia el piano para estar más cerca del maestro.

Mientras, Ismael seguía tocando, sin percatarse lo más mínimo de lo que sucedía a su alrededor, totalmente absorto en la música.

Los más entendidos, pronto se dieron cuenta de que estaba improvisando, creando sobre la marcha una pieza de belleza inusitada, una armonía nunca escuchada.

Los temas iban surgiendo de modo inesperado, pero gratísimos al oído. Una melodía flotaba en el aire mientras que otra, de no menor riqueza musical, tomaba el relevo dialogando con las anteriores. Y así hasta el final en una cadencia inolvidable.

Cuando Ismael hubo terminado, se quedó inmóvil sentado ante el teclado, con los ojos cerrados, como si no le hicieran efecto los cálidos aplausos y vivas del auditorio.

Por fin se puso en pie para agradecer sonriente a unos y a otros, mientras los más cercanos le oían musitar: “¡Qué bien se compone para gente que te quiere!”.

Por fortuna, como en otras ocasiones, alguien grabó la interpretación y se pudo reconstruir la partitura de la nueva obra.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s