La custodia de la mascota

Marisa estaba muy asustada. Al abrir la puerta del piso con el bebé en sus brazos, el perro de la casa saltó con rabia hacia ella tratando de dañar a la criatura. La madre no tuvo más remedio que apartarlo con una patada en el hocico, justo en el momento en que salía del ascensor el vecino, quien, al ver la acción de la mujer, se puso a gritar bajando rápidamente por toda la escalera hasta el portal, desde donde llamó a la policía con su móvil.

Marisa ya había cerrado la puerta del piso. El instinto del animal le avisaba del peligro que se cernía sobre él. Los celos de éste le habían jugado una mala pasada. Con las orejas gachas y la mirada inexpresiva, Napoleón —que así se llamaba el can— tuvo que aguantar los improperios que le dirigía su dueña, fuera de sí, hasta que sonó el timbre de la puerta de la calle.

Era la policía acompañada del vecino. Antes de abrir la puerta de la casa, la madre tuvo tiempo para dejar acostado al bebé en su cuna, al lado de la cama conyugal, mientras trataba de serenarse.

El interrogatorio de la pareja policial no tardó en comenzar. La joven policía que estaba al mando se dirigió a la mujer en estos términos:

—Señora, su vecino, aquí presente, acaba de denunciar malos tratos a su perro. ¿Es cierto esto? Conteste sí o no.

—Sí, pero…

—O sea que sí. ¿No es consciente de que acaba de perder la custodia de su mascota? Las leyes al respecto son muy claras. Además de ser una vil acción, ¿cómo se ha atrevido a golpear en el hocico a un perro indefenso?

—¿Indefenso? Intentó hacer daño a mi bebé. Ya me dirá usted qué podía hacer.

—El vecino no nos contó nada de todo eso.

Un ruido, como si algo hubiera caído al suelo, hizo que todos se dirigieran rápidamente hacia la habitación de al lado. El perro había volcado la cuna. Parecía loco, le salía espuma por la boca. Estaba a punto de morder a la pobre criatura que se había puesto a llorar sobre la moqueta. El segundo policía actuó rápido. Disparó con la pistola eléctrica y el animal quedó tendido en el suelo.

La madre también se puso a llorar, con su bebé de nuevo entre sus brazos.

La pareja policial miró al vecino con una expresión que lo decía todo.

—Señora —le dijo la joven policía tratando de consolarla— Nos tiene que disculpar. Estábamos en un error. ¿No le importará que nos llevemos su mascota para que sea atendida y estudiada por un veterinario?

—¿Mi mascota? Llévensela. Cuídenla bien. Yo he perdido su custodia, mas tienen ustedes que saber que Napoleón ha perdido su Waterloo.

Los dos policías no acabaron de entender la última frase de Marisa.

El vecino no sabía cómo excusarse.

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