La presencia del amor perdido

“¿Quién no ha sufrido por la pérdida de un amigo?”, preguntó de sopetón el profesor de Historia Universal en la fase final de su última clase. La jubilación llamaba apremiante a su puerta.

Los alumnos no se esperaban esto. Es verdad que en otras ocasiones habían tenido que padecer otras cuestiones que les hacían pensar sobre el devenir del mundo. Pero ésta era una pregunta demasiado personal. Hería en lo más profundo. Quien más quien menos recordaba con dolor la pérdida de un amigo o de una amiga. Y todo por una tontería. Algo que no supieron perdonarse y el tiempo puso la pátina de la indiferencia.

Nadie levantó el brazo. Nadie quería que los demás conocieran de su propia herida, aunque por los ojos bajos de los allí presentes se podría concluir que la herida era colectiva.

Y el profesor siguió hablando, con voz pausada y emoción creciente.

“Para vosotros el amigo perdido es como si ya no existiera. Pero existe y os ha dejado un gran vacío que no puede rellenar nadie más que él”.

Y volvieron a recordar la tontería: “¿Por qué tuve que decirle eso?, ¿por qué fui tan tonto?, ¿por qué no le quise pedir perdón?, o ¿por qué no acepté su petición de perdón”.

Los alumnos seguían sin atreverse a mirar al profesor, ni siquiera a sus compañeros. Incluso algunos estaban escuchando con la cabeza apoyada sobre los brazos en el pupitre. El silencio era cortante.

“Para mí, vosotros sois mis amigos, aunque os doble o triplique en edad. La vida os llevará a muchos lugares. Probablemente ya no nos volveremos a ver. Que no esté con vosotros no significa que no exista. Más aun, notareis el vacío de mi presencia. Como Chesterton escribió en una ocasión, y aquí cito muy libremente:

     La ausencia de los amigos en un brindis no significa que no existan. Para quienes no         creen en la existencia de Dios, Dios sigue existiendo, e incluso se halla presente en el         enorme vacío que su ausencia les deja”.

Fue en este momento cuando un alumno se atrevió a decir: “Profesor siga contándonos las historias y batallas que nos entusiasman tanto”.

“¡Tenía que ser el pelota de la clase”, pensó al unísono el resto del aula. Pero el profesor tan solo respondió sentencioso:

“Si a Dios se le expulsa del mundo, el hombre se autodestruye, por lo que puede que llegue el día en que nadie pueda seguir contando historias del pasado como he estado haciendo durante tantos años. De vosotros depende”. Y con estas graves palabras dio por finalizada la sesión, sacó el pañuelo, se limpió los cristales y se limitó a decir: “Hasta siempre”.

Un aplauso cerrado envolvió al profesor mientras salía. El pelota de la clase no pudo disimular sus lágrimas. Algunos se propusieron recuperar las amistades perdidas.

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