Un choque con consecuencias

Estaba convencido de su inocencia. Todo sucedió muy rápido. Unos potentes faros le deslumbraron. Él dio un golpe de volante, lo suficiente para evitar el choque frontal. Los airbags delanteros saltaron. Suerte que iba solo en el vehículo. El sitio del copiloto había quedado dañado. Poco a poco fue tomando conciencia de lo que había sucedido.

El coche con el que había chocado se hallaba tumbado en la cuneta. Verdaderamente éste iba a gran velocidad. Su conductor se había metido en el carril equivocado. ¿Conduciría bajo los efectos del alcohol o de la droga? No era el momento para preguntas.

De su interior salían unos gritos de petición de ayuda. Se fijó en la persona que conducía. Se trataba de una mujer. No se lo pensó dos veces. Dejó el intermitente puesto, y salió con mucho cuidado para evitar ser atropellado. Puso encima del capó una linterna led giratoria —al modo de los coches de policía— que nunca olvidaba llevar consigo. Afortunadamente no tenía heridas, solo magulladuras, o así creía él. Lo primero era atender a la víctima del Land Rover que parecía intacto. Era noche cerrada.

No se acordaba de nada más. Cuando recuperó la conciencia, el médico le recriminó lo imprudente que había sido al no llamar inmediatamente al 112, al tiempo que le felicitó por la gran suerte que había tenido. Él no lo sabía todavía. Había recibido un golpe que le produjo una hemorragia interna, con lo que fue necesario llevarle de urgencias al hospital más cercano y operarle. La ambulancia medicalizada había llegado a tiempo. Quien había llamado con su móvil era la mujer del accidente, cuando vio que el hombre que la iba a ayudar se desplomaba inconsciente.

Las horas transcurrían lentas en la habitación. No tenía a nadie en su vida. ¿Quién se iba a acordar de él? De repente, pensó en la mujer accidentada. ¿Estaría en el mismo hospital? Preguntó por ella. Le dijeron que estaba ingresada, justo en la habitación contigua. No lo dudó un instante. Se puso la bata blanca y las zapatillas, superando los dolores que tenía —no sin antes desconectarse de los goteros que le habían puesto— y se dirigió resuelto a la habitación de al lado.

Llamó a la puerta. Una voz femenina contestó con un:  “¿Quién es?”, a lo que él respondió: “El hombre que intentó ayudarla”. “Pase”, le dijo ella con una voz tan suave que le supo a gloria. Tampoco la mujer tenía a nadie.

En la noche del accidente —según le contó ella— estaba dispuesta a terminar con su vida. La visión de que alguien estaba intentando ayudarla, pasando por encima de sus propios problemas, la removió por dentro. En un instante volvió a tener deseos de querer vivir.

«El accidente me ha salvado la vida» —concluyó su exposición,  con una sonrisa que hacía tiempo no iluminaba su bello rostro. Ya no estaban solos. Cuando formaron familia y conducía él, ella le decía con frecuencia, sentada en el asiento del copiloto: “Fíjate bien en las señales de tráfico”, y los niños en los asientos traseros se reían de la repetida frase de su madre, mientras contemplaban el paisaje.

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