En un bar

Fui testigo presencial de una conversación entre dos enfermeras del ambulatorio de mi barrio. Era imposible dejar de escuchar lo que estaban diciendo, pues hablaban en voz alta, cada una sosteniendo su posición, como si quisieran atraer a la propia causa a quienes estábamos en el bar degustando tranquilamente una buena cerveza con un buen plato de calamares.

Tan interesante era el tema que, incluso los que servían las mesas, se quedaban como estáticos, con la bandeja en la mano, tratando de seguir la conversación, hasta que el jefe del establecimiento —nada interesado, por cierto— les recordaba sus obligaciones.

El hecho es que una de las dos sostenía que hay que defender a la madre a ultranza, caso de que el feto suponga una amenaza o una incomodidad seria para su vida, por lo que la solución sería en estos casos abortar —o como ella prefería decir— interrumpir el embarazo.

La otra mujer replicaba que la vida es el primer derecho de todo ser humano y que la solución de dejar que el embarazo siga su curso normal es mucho mejor. Lo es porque defiende, no solo la vida de la criatura, sino también a la madre del tremendo trauma de un aborto voluntario.

Es evidente —continuaba— que si una operación fuera necesaria para la vida de la madre, el médico tendría que intentar salvar la vida de los dos: de la madre y del feto. Ha habido casos heroicos —y con esta frase terminaba de hablar— de madres que han paralizado el tratamiento de su cáncer por no dañar al hijo que llevaban en su seno.

La primera mujer callaba, tratando de asimilar lo que la segunda iba diciendo. En un momento dado preguntó aquella muy seria:

—¿Y si el niño viene mal?

Fue en este momento cuando el camarero que servía nuestra mesa  —y que se las había ingeniado para no perder hilo de la conversación— se puso lívido, le dio un mareo, y se dejó caer sobre uno de los asientos vacíos.

Los presentes hicimos lo que pudimos. Muy pronto se repuso, pidió disculpas, y siguió con su tarea como si nada hubiera pasado.

La pregunta quedó sin respuesta.

                                               ***

Al día siguiente volví con mis amigos al mismo lugar, a la hora de costumbre. Nos servía el camarero del desmayo, ya con otra cara. No pude resistirme a preguntar:

—¿Nos podría decir qué le hizo desvanecerse ayer por la tarde? ¿No sería lo que todos estábamos escuchando?

El camarero no respondió de inmediato. Fue recorriendo con su mirada a los que estábamos a la mesa, y nos dijo:

—Veo que ninguno de ustedes tiene capacidades diferentes… Mi único hijo, sí. Los médicos aconsejaron el aborto. Mi mujer y yo nos negamos en redondo. Nos nació un niño con síndrome de Down. El niño nos ha cambiado la vida. Vivimos para él. Lo extraordinario es que él es nuestra vida. Somos muy felices con él y él lo es con nosotros.

Ya no dijo nada más. Nos sirvió con una sonrisa las cervezas y los calamares, que, por cierto, estaban muy ricos. Ese día la propina fue generosa.

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