Distopía

Año 2050. El joven Manuel pide hora para ser visitado por un doctor especialista en las extremidades inferiores de un Hospital de la antigua Seguridad Social, ahora llamada Libertad Social. El nombre completo, dirección, edad, la cojera de nacimiento, y otros datos médicos de menor relieve figuran en la base de datos, por lo que el diálogo telefónico con el robot es rápido y preciso: “El jueves a las diez de la mañana”, sentencia la máquina sin preguntar si le viene bien el día y la hora.

            Al llegar Manuel al Hospital, es acompañado al despacho del médico por otro robot encargado de las visitas.

            —Buenos días, doctor.

          —Siéntese Manuel. ¿Qué le sucede?

         —Como usted ya habrá leído en mi informe, padezco de una cierta cojera al andar.

            —¿Cojera? ¿Ha dicho usted cojera? Querrá decir que usted posee dos piernas con habilidades diferentes. Lo suyo no es ningún problema. Además, yo no puedo hacer nada al respecto. Tenemos prohibido, con penas hasta de cárcel, intentar arreglar situaciones como la suya. A no ser que usted quiera cambiar una de las dos piernas (la que usted elija) por otra artificial; o incluso las dos. Le garantizo que las nuevas le permitirán caminar como desea.

            —Pero… debería hablar antes con mis padres. Soy menor de edad.

            —No, no hace falta. La ley le ampara. Nos basta con que usted firme un simple documento de aceptación. No le va a costar nada.

            —Y si me arrepiento después de las operaciones, ¿podré volver a tener mis piernas originales?

            —Bueno… todavía no sabemos cómo hacerlo. Las podemos guardar para el día en que la ciencia haya progresado suficientemente. De todos modos, recuerde que sus piernas originales tienen habilidades distintas.

            —No me convence, doctor. Solo una última pregunta.

            —Dígame.

            —Si yo estudiara medicina, me centrara en su especialidad, y una vez con el título en la mano tratara de usar mis conocimientos para resolver mi situación, ¿me podrían meter en la cárcel?

            —Sinceramente, no sé qué responderle.

            —Pues prefiero seguir como estoy, en espera de que las leyes cambien o de que yo sea capaz de curarme por mi cuenta y riesgo.

            Y Manuel se despidió educadamente del doctor; también del robot que le acompañaba a la salida, al que le dio un consejo, justo en la puerta:

            —Dígale a su compañero robot, el que toma las llamadas, que sea más flexible y un poco más educado.

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