La abuela

Era la vigilia del día en el que se iba a aprobar la ley del suicidio asistido en el parlamento. El último paso en la larga carrera de la ideología de la izquierda para despenalizar el suicidio asistido a un enfermo que manifestara el deseo de morir. Nuestro senador (omito el nombre por razones obvias) estaba muy inquieto. Había ya casi convencido a su abuela multimillonaria para que decidiera dejar este mundo. Ella no lo haría sin su ayuda, le dijo en un momento de profunda depresión. Es verdad que él era el único heredero por ser nieto único y sus padres fallecidos en un accidente reciente. Le corría mucha prisa. Una curiosa y peligrosa condición del testamento estipulaba que si la mujer fallecía un día más tarde del actual el total de la herencia revertiría en una sociedad benéfica. Era una cláusula secreta, pero por una imperdonable indiscreción llegó a oídos del nieto.

—Abuela si te ayudo hoy a cruzar el charco, iría a la cárcel, porque la ley no ha sido todavía aprobada y si lo hago mañana… ya no podré heredar.

—¿Cómo sabes esto? —respondió rápida la anciana.

—Me he enterado de casualidad— mintió el nieto sin ningún rubor.

La abuela se quedó pensativa. Es verdad que la vida se le estaba haciendo pesada en ocasiones y había momentos en que pensaba que sería bueno dejarla. Pero esta frase de su querido nieto le empezó a martillear las sienes. “¿Querido? ¿Verdaderamente él la quería de verdad, a ella?, o, ¿lo que más quería era su inmensa fortuna?”.

—Querido— repuso ésta con tranquilidad— me parece que estás más interesado en heredar de mí que lo que me pueda suceder.

El nieto tragó saliva.

—Quería ahorrarte las molestias de redactar otro testamento— logró articular con un cierto esfuerzo—. Además, es tu voluntad que yo te ayude a dejar este mundo que se te hace tan cuesta arriba, como en alguna ocasión me has comentado.

La abuela, empezó a sonreír con una sonrisa que más tarde su nieto comprendería. Nunca la había visto sonreír de esa manera.

—O sea, que quieres ayudarme a morir cuando el reloj marque las doce de la noche. En ese momento exacto termina el día anterior, hoy mismo, y comienza el siguiente. Jurídicamente, cuando sean las doce de la noche ¿en qué día estaremos?, ¿hoy?, ¿mañana? Deberías saberlo, no en vano eres senador…

—Abuela no se puede hacer nada. Nadie fallece en un instante.

La abuela empezó a toser. Era señal de que la conversación daba a su fin. Así lo había hecho toda su vida.

El nieto se retiró de la habitación. La abuela se quedó un tanto apenada y pensativa. Detrás de una cortina apareció el notario, que había oído toda la conversación, con todo lo necesario para un nuevo testamento.

—Escriba, por favor — dijo la anciana con firmeza—. Dejo todos mis bienes a la asociación que usted ya conoce y que tiene como fin defender a los ancianos de las nefastas consecuencias de la próxima ley. Mi nieto heredará un cuarto de mi herencia, en el hipotético caso de que viva cuando yo llegue a centenaria, como imagino llegará la actual Reina de Inglaterra…

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